////// Año VIIIº /// Editor Anónimo: Daniel Ares /// "Y tú... ¿eres arquitecto, o escombros?", Louis Ferdinand Céline ///

domingo, 12 de agosto de 2012

DESTELLOS AJENOS. HOY: Heinrich Böll

Destellos Ajenos:

"Cada mañana, nada más entrar en la casa de la radio, Murke se sometía a una gimnasia existencial: saltaba al ascensor, pero no bajaba en el segundo piso, donde estaba su oficina, sino que continuaba subiendo más allá del tercero, del cuarto, del quinto piso, y cuando la plataforma se elevaba sobre el nivel del quinto piso, cuando la jaula entraba rechinando en el vacío, donde cadenas lubricadas, barras untadas de grasa y hierros chirriantes trasladaban la cabina de la posición de subida a la de bajada, le asaltaba el miedo y miraba fijamente lleno de pánico a este lugar de la casa de la radio, el único sin revocar, y suspiraba aliviado cuando la jaula se enderezaba, pasaba la esclusa, se alineaba y se hundía lentamente hacia abajo, hacia el quinto, el cuarto, el tercer piso. Murke sabía que su miedo no tenía fundamento y que naturalmente no pasaría nunca nada, que no podía pasar nada y que si pasaba algo, en el peor de los casos, al pararse el ascensor estaría arriba y se quedaría allí encerrado una hora, dos cuando más. Siempre llevaba un libro en el bolsillo y también cigarrillos; sin embargo, desde que se construyó el edificio de la radio, hacía tres años, el ascensor jamás había faIlado. Había días en que lo revisaban, días en los que Murke tenía que renunciar a esos cuatro segundos y medio de miedo, y esos días estaba irritable y descontento, como alguien que no ha desayunado".

Heinrich Böll

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sábado, 11 de agosto de 2012

MARCELO BONELLI: LA FIESTA DEL CHIVO


Marcelo Bonelli fue descubierto públicamente por la presidenta de la nación en una práctica frecuente pero oculta del periodismo industrial: el chivo, publicidad pura disfrazada de “periodismo objetivo”. Piratería informativa travestida de “prensa libre”, y que tanto vende modas como políticos, arte, negocios y poder.

LA FIESTA DEL CHIVO



Con involuntaria comicidad, y contra todas las dificultades que le ofrece implacable la lengua castellana, Marcelo Bonelli intenta explicar desde el jueves el estupendo contrato que unía a su esposa con el grupo Repsol-YPF, hasta que la –lo (los)- descubrieron.
La presidenta lo denunció públicamente; y entonces Bonelli, desde Clarín, claro, previsible, y aún así hilarante, elige ponerse en víctima mientras explica muchas cosas pero no lo que importa.
La mujer de Bonelli recibía un millón de pesos anuales de la empresa Repsol-YPF. ¿Por qué?
Bonelli no lo responde, dice apenas cómo: “como profesora nacional de inglés”.  (Admirable logro para una docente, sí).
Dice también que todos sus ingresos han sido "declarados ante la Afip", cosa que nadie le cuestionó; y dice además que todo se lo ganó “trabajando”, cosa que tampoco nadie le discute, aunque no dice sin embargo lo más importante: ¿trabajando para quién, Bonelli?...
El profesional del periodismo tiene varias alternativas para ganarse el pan.
Una es el estricto salario que le paga el medio que lo emplea. Las colaboraciones paralelas en otros medios –si no ha vendido su exclusividad-, son otras alternativas. Los chivos, desde siempre, también.
Los chivos son la publicidad encubierta o subliminal que pueda filtrar el profesional en una nota, a través de una mención, o de un comentario, a veces apenas con un adjetivo –que bien puede valer fortunas-, o, también, cómo no, a partir de un servicio estable dedicado a cuidar de una figura puntual, de un negocio concreto; o, a la inversa, dedicado a perseguir y destruir una figura puntual, un negocio concreto. Y hay quienes pagan, cómo no, apenas por silencio.
Muchas veces esos chivos superan por miles y miles el salario de los medios.
El sueldo de Samuel Gelblung en Ámbito Financiero cuando escribía sus Diálogos de quincho, era exiguo, casi cero…
Esta práctica oculta del periodismo industrial, es por lo menos tan antigua como la imprenta.
En espectáculos, en política, en deportes, en economía; en moda, por supuesto; incluso en policiales, y desde luego en esa vaguedad que suele llamarse “tendencias”; en toda sección, en cada página, el tráfico de sobres (efectivo), regalos, invitaciones, viajes, etc.;  incentivan al profesional… y muchas veces lo mantienen.
Los medios, vale decir: sus editores, sus dueños, suelen tener variadas actitudes frente a esta suerte de economía (auto)sumergida.
Unos la persiguen, y la prohíben: no quieren kioscos personales en el ámbito de sus propios supermercados. Otros, por el contrario, las alientan, o apenas “dejan hacer” porque de alguna forma los chivos compensan los magros salarios que saben que pagan... Pero también están los que directamente se asocian con sus empleados en cada chivo que le llevan, como quien te ofrece una patente de corso, y a robar para la corona.
Y así ha sido desde siempre.
Y acaso lo único que tiene de malo, es ocultarlo.
Lo malo es no avisar por qué decís lo que decís, en nombre de quién estás hablando.
Lo deshonesto no es trabajar para Repsol y para Clarín al mismo tiempo, sino al mismo tiempo pretender que tus únicos intereses son el bien de la república y de su pueblo.
Eso es lo malo: mentir.
Marcelo Bonelli explica ahora lo que no importa y no explica lo principal. Trompetista de la orquesta de ese Titanic que es Clarín; allí se hunde con su coro de habladores, abrazado a su flauta. No importa ya.
Hoy por la mañana -en un artículo al que le bajaron dos cambios por la tarde-, Clarín.com intenta una disparatada analogía entre Cristina de Kirchner y el asesino en masa Ibérico Saint Jean, gobernador de la provincia de Buenos Aires en los años del genocidio, cuando Clarín asentía y lo aplaudía. Tampoco importa ya.
Lo que importa, incluso más allá del oficial Borelli, es que la presidenta cuestionó esa vieja práctica del chivo, y más y mejor: cuestionó ese viejo delirio de la “objetividad” que viene enfermando al periodismo desde siempre.
No hay objetividad posible en lo personal, y mucho menos en lo empresarial. Y un medio es antes que nada una empresa.
Descartada entonces por imposible la objetividad, nos queda, sí, la honestidad.
Decir, antes que nada, en nombre de quién decimos lo que decimos, en defensa de qué intereses.
Al término de su discurso, en charla informal con el enviado de CQC, la presidenta invitó a los periodistas de todo el país a elaborar un código de ética profesional que, por qué no, pudiera resolverse en ley.
Un código de ética, una ley que distinga a los buenos de los malos, es una buena oportunidad para probar si es posible dignificar una profesión que por principio miente querer lo que deshecha por naturaleza.(*)



(*) Publicado también en Agepeba, Agencia Periodística de Buenos Aires.

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