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domingo, 14 de julio de 2019

DECADENCIAS ARGENTINAS: DE LAS FUERZAS ARMADAS, a los “milicos”…




De San Martín a Videla, de Belgrano a Aguad, del glorioso Ejército del Norte a los grupos de tareas de la ESMA, del cruce de Los Andes al bombardeo a Plaza de Mayo, de las victorias hasta el Alto Perú a la rendición en Malvinas, los militares argentinos recorrieron un largo camino de la gloria al oprobio.
El desfile del último 9 de julio dejó esta magnífica foto de Pepe Mateo, y una colorida gama de reacciones que fue de la nostalgia de los menos al desprecio de los muchos.
Sin embargo el sueño de un pueblo orgulloso de sus fuerzas armadas, alguna vez fue realidad. 
Pero entonces llegaron los milicos.



UN EJÉRCITO LLAMADO MARTA

Foto: Pepe Mateo




Tampoco dejaremos de ser una colonia hasta que no logremos integrar pueblo y Fuerzas Armadas. Unas Fuerzas Armadas profesionales, bien entrenadas y bien equipadas, concentradas en el desarrollo y la defensa nacional. Y un pueblo orgulloso de ellas.
Las Fuerzas Armadas que forjaron San Martín y Belgrano, pero también  Savio y Mosconi. Las del Cruce de Los Andes y Fabricaciones Militares. Las que luchaban por la independencia de la patria en todos los planos de la Nación.
Esas Fuerzas Armadas que no existen hace mucho.
Una vez expulsado el español, ya desterrado San Martín, bajo una flamante independencia nominal, el prócer escolar Bernardino Rivadavia decidió que no fuéramos libres por el novedoso truco imperial del endeudamiento externo. Mientras tanto las cúpulas patricias del ejército contaminaban su espíritu con la puerilidad tilinga de la oligarquía terrateniente, anglófila, y por lo tanto cipaya. Antes de un siglo estaban a su entero servicio.
Ni la espantosa guerra contra el Paraguay, ni la confusa Conquista del Desierto mejoraron las cosas, y para 1930 probaron llevarse puesta la Constitución, voltearon a Yrigoyen, creyeron que iban bien, saludaron el pacto Roca-Ruciman, custodiaron con sus propios sables la entrega del país a lo largo de toda la Década Infame... y acabaron lógicamente bañados en mierda.
Distintos, acaso avergonzados –o ambas cosas-, surge en el propio seno de las Fuerzas Armadas un grupo de oficiales (unidos, bueno) que lentamente las rescata de sí mismas. O al menos lo intenta.
Por una breve primavera que en los hechos no dura ni diez años, las Fuerzas Armadas vuelven a servirles a la Nación y a su pueblo. Son los sueños de Savio, los días de Pistarini, Mosconi. De pronto en los hoteles de Chapadmalal veraneaban juntos obreros y militares. Dirá Perón desde el exilio: “yo sabía que eso nunca me lo iban a perdonar”.
Hartos de esos cabecitas negras que ensuciaban sus playas con sus hijos, el 16 de junio de 1955 -siempre con el apoyo del State Department-, aquellas cúpulas patricias, tilingas, aspiracionales, anglófilas, eligieron la sedición y el crimen, bombardearon a su propio pueblo, y a partir de entonces lo vigilaron, lo censuraron, lo persiguieron, lo fusilaron, lo secuestraron, lo torturaron y lo asesinaron o lo desaparecieron. También lo saquearon y lo endeudaron. Y así las Fuerzas Armadas dejaron de existir. Nacían los milicos. De mierda.
La sociedad civil aprendió a temerles, pero sobre todo a despreciarlos. Y a resistirlos.
La violencia engendra violencia, repetían los bombarderos y los fusiladores.
Condenados al eterno fracaso, antes de dos décadas aquellos tristes milicos fueron a buscar a Madrid al general que ellos mismos habían echado porque ya no sabían qué hacer con el país. Pero tanta violencia hace tanto engendrada, comenzaba a florecer.
Todos sabemos lo que pasó después.
De una vez por todas San Martín fue eclipsado Videla, Brown por Masera, Belgrano por Camps, Güemes por Bussi. El glorioso Ejército de Los Andes quedó reducido a un cuerpo de policía del tipo Gestapo. Ya no se distinguían por sus fabricaciones militares sino por sus campos de concentración. 
Soberbios, ignorantes y malevos, una noche de copas confundieron al patrón con un amigo y se lanzaron a pelear contra la OTAN. Pero la Guerra por las Malvinas tampoco mejoró las cosas. Al contrario.
Soy testigo presencial de hasta qué punto el pueblo de pronto parecía perdonarles todo en apoyo a la campaña en las Islas. Pero otra vez mintieron, otra vez fallaron, ¡otra vez torturaron!, y por fin se rindieron y escaparon. Y al final otra vez los héroes serían del pueblo. Los soldados desconocidos y unos cuantos oficiales reconocidos. El alto mando volvería a casa con sus camperas de duvet intactas.
Pero fue entonces, diría Borges, cuando por fin se encontraron con su destino sudamericano.
Los mismos grupos de poder que tanto los habían usado y abusado, asqueados como traicionados por la aventura Malvinas, un día descubrieron la verdadera potencia de los medios de comunicación, optaron por la democracia, y los abandonaron a su suerte. Y su suerte fue poca. Desamparados, descubiertos, ni siquiera hizo falta la venganza: bastó con la justicia. De pronto eran públicos los crímenes más horrendos de aquella organización armada: los milicos. De mierda.
Los juicios comenzaron y ya nunca pararon.
Las Fuerzas Armadas pudieron encararlos como una oportunidad histórica para separar la paja del trigo y limpiarse como institución de un pasado para siempre imperdonable. Pero no. Optaron por abroquelarse en una actitud corporativa que ellos prefieren soñar “espíritu de cuerpo”, pero que en los hechos los revuelca en el fango de los mismos crímenes hediondos. Un Balza no hace verano.
Derrotados por la OTAN, abandonados por su pueblo al que tanto habían maltratado, a partir de 1983 comienzan el oprobio interminable y el deterioro sin fin.
Las dos décadas del infame Cavallo se llevaron el resto como un viento nuclear. En el Pacto de Madrid se firmó de una vez por todas la rendición en Malvinas. Por mandato norteamericano rápidamente se desmanteló el proyecto Cóndor; de los catorce establecimientos que tenía Fabricaciones Militares sólo quedaron cuatro; se privatizaron entre otras cosas los Astilleros Almirante Storni y el complejo naval TANDANOR, que terminó por fundir en 2001. Para el amanecer del nuevo siglo las Fuerzas Armadas Argentinas eran apenas un vestigio de sí mismas incapaces de enfrentar de igual a igual a la hinchada de Chicago.
Recién a partir de 2003 se reactivó FM para la producción de material ferroviario; en 2008 el Estado recuperó para sí TANDANOR; en 2009 se reabrió la Fábrica Argentina de Aviones dispuesta a producir con Brasil la aeronave de transporte KC390 con capacidad para 21 toneladas. Comparado en dólares con el presupuesto de Defensa de 2015, el de 2109 registra una caída del 41,64 por ciento.
En el marco del ajuste impuesto por Washington y su FMI, de las 88 agregadurías militares que había en las distintas embajadas por todo el mundo hasta 2017, este año sólo quedarán 30. Pero en la Casa Rosada festejan los ocho mil millones de pesos que esperan sacar vendiendo tierras militares en todo el país.
Más allá de los discursos escolares, y el menudo favor que les hace a los militares actuales la defensa oficial de los viejos genocidas, este gobierno los desprecia acaso más que ninguno desde el regreso de la democracia.
De los dos submarinos que poseía la Armada, acaban de perder uno con sus 44 tripulantes sin que al gobierno le importe en absoluto. Por el contrario, se esfuerza en ocultar las razones del desastre. No les importan los 44, pero está claro que todos los demás miembros de las tres fuerzas, tampoco.
En la extenuante historia de la desmalvinización nacional, nunca una administración fue tan lejos como la actual Alianza, entregando alegremente sus recursos naturales, ofreciendo el aeropuerto de Córdoba para que hagan escala los vuelos chilenos a Puerto Argentino, reconociendo al gobierno kelper como “autoridad legítima” de las Islas, despreciándolas como una sobra “porque tenemos un territorio inmenso”, borrándolas de los mapas oficiales, o llamándolas faklands sin ningún pudor.
Quizá la frutilla de tan apestoso pastel haya sido el año pasado, cuando la banda de la Fuerza Aérea entonó God save the Queen en la embajada británica para celebrar el cumpleaños de la reina de Inglaterra.
A cambio y como todo protagonismo, otra vez les ofrecen arrastrarlos a la doctrina de la seguridad interna, para usarlos otra vez contra el pueblo y después otra vez abandonarlos a su suerte.
O los hacen desfilar el 9 de julio, inflados por las fuerzas policiales, para exhibir lo que les queda cuando pasen bajo la ventana del embajador norteamericano.
Sin embargo en 2015 el 85 por ciento del voto militar fue para Macri, y en 2017 fue el 83 por ciento.
Será que les gusta que los llamen Marta.


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