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lunes, 16 de septiembre de 2019

REVOLUCIÓN FUSILADORA: BREVE CRÓNICA DE UN LARGO FRACASO…



En la agonía de otra ruinosa aventura del antiperonismo, en medio de una crisis social histórica, en emergencia alimentaria, en default, mientras el gobierno de Macri se diluye en su propia impericia; vale recordar el mediodía del odio de estos mismos sectores que en 1955 -siempre en nombre de la libertad y la república-, desconocieron la ley, destruyeron al país, 
y masacraron a su pueblo.


El Tiempo de los Asesinos





“El peronismo no es ni bueno ni malo:
 es incorregible”.
J. L. Borges



90 días después de la fecha fundacional del terrorismo en la Argentina, cuando un grupo de sediciosos secuestró aviones de la Armada y la Aeronáutica para bombardear la Plaza de Mayo y sus aledaños, acribillando las calles, hiriendo y asesinando centenares para siempre incontables de civiles inocentes; aquellos sediciosos -ya también asesinos-, derrocaban al gobierno constitucional de Juan Domingo Perón.
El levantamiento comienza en Córdoba, donde el general Eduardo Lonardi alza las unidades bajo su mando y comete el primer asesinato. Era sólo el principio de una masacre autoproclamada Revolución Libertadora, y cuyos crímenes contaban con la participación activa de la mayoría de los partidos políticos, especialmente la UCR –cuyos comandos paramilitares aterrarían el país por mucho tiempo-, la bendición de la Santa Iglesia Católica, la financiación de la Sociedad Rural Argentina, y los apoyos expresos del Reino Unido y el State Department.

El vandalismo, los atentados y los homicidios siguieron y se multiplicaron hasta el 23 de setiembre, cuando no cesaron, pero se volvieron oficiales. Ese día el general Lonardi asumía la presidencia de la Nación, y al cabo de una semana de matar y matar, probaba suerte con la frase “ni vencedores ni vencidos”. A su lado, bañados en sangre, Isaac Francisco Rojas y Pedro Eugenio Aramburu lo miraban de reojo. 60 días después, ya lo habían barrido, y asumían el poder, Aramburu como presidente, Rojas como vice, y desde luego, con todo el apoyo de la UCR, la Democracia Cristiana, el Partido Socialista, el Partido Comunista, la Santa Iglesia Catolica, los grandes medios de la hora (La Nazión, La Prensa, Clarín), la Sociedad Rural, el Reino Unido, y el State Department. La Plaza de Mayo desbordaba de gente, hay que decirlo.
Católicos apostólicos feroces como romanos, inmediatamente secuestraron el cadáver de Evita, y enseguida una ley abolió la memoria y prohibió los recuerdos. El decreto 4161 penaba incluso con cárcel la sola mención del "tirano depuesto" o su esposa muerta, exhibir imágenes de cualquiera de los dos, celebrar cualquier fecha instaurada por “el régimen”, y por supuesto, entonar siquiera silbando la marcha titulada Los Muchachos Peronistas.
Y mientras los comandos paramilitares de la UCR limpiaban a sangre y fuego sindicatos, unidades básicas, mutuales y centros sociales; en simultáneo sus correligionarios del comité organizaban las Juntas Consultivas, destinadas a sustentar la administración del Estado y otorgarle coartadas políticas al nuevo gobierno y su progresión delictiva.
Antes de un año, en junio del 56, más de 30 personas eran fusiladas. Obreros, militantes y militares. Aramburu era presidente. Alfredo Palacios embajador en el Uruguay. Américo Ghioldi, referente socialista, pasaba a la historia por la gracia de una sola frase: “se acabó la leche de la clemencia”. Y todos tan contentos.
Sin otro proyecto más que el odio, el fracaso estaba asegurado. Ocupados en destruir lo construido, rápido se complicaron los números y allí caían en dominó los salarios, el consumo, la producción, las exportaciones… Para 1957 Aramburu ya le pedía los primeros 700 millones de dólares al flamante Fondo Monetario Internacional.
Al año siguiente, corroída por su propia inoperancia, la Fusiladora convoca a elecciones con el peronismo proscrito, claro. Al grito de cualquiera menos Perón, los desarrollistas de Clarín proponen a don Arturo Frondizi y su tierno sueño de hacer una revolución sin pelearse con nadie. Gana con el apoyo del peronismo al que pronto desconoce. Tenía mandato hasta el 64, pero ya en el 62 no estaba más. “Entregó todas las cabezas, hasta que sólo le quedó la propia”, apuntaba Perón desde el exilio.
Un títere de apellido Guido allanaría el camino para la llegada del “honestísimo” Arturo Illía, a quien le basta un cuarto del electorado para quedarse con la presidencia, y así mantener al peronismo proscrito en nombre de la democracia y la república, claro. En junio del 66 lo sacaron a empujones de la Casa Rosada.  
Llegaba Onganía, su Revolución Argentina y sus noches de bastones largos, su pretensión de caudillo, su catolicismo delirante... “Onganía se cree Franco, pero Franco en España tuvo un millón de muertos, y Onganía en la Argentina tiene más de un millón de vivos”, se reía Perón desde Madrid.  
Sin embargo fue durante su gobierno cuando tan luego chicos de buenos apellidos y mejores colegios -provenientes ora de la Acción Católica, ora de los grupos Tacuaras soportados por el régimen, hijos la mayoría de aquella burguesía que había ejecutado, financiado, o cuando menos aplaudido a la Fusiladora-, fueron y fusilaron al fusilador Pedro Eugenio Aramburu.
Entonces trajeron un general olvidado en los Estados Unidos, un tal Roberto Marcelo Levingston. Lo pusieron ahí pero duró poco y no sirvió para nada. El levantamiento popular conocido como el Cordobazo había electrificado todo el país.
Era el final. La hora de gloria del general Alejandro Agustin Lanusse, quien veinte años antes, en 1951, había comandado el primer intento de golpe contra el gobierno de Perón, y que ahora lo mandaba a buscar a España porque ya nadie sabía qué hacer con el país.
Perón volvió y fue millones. En el setiembre de 1973 ganaba las elecciones presidenciales con el 62% de los votos.
Y así, 18 años después, el antiperonismo cerraba el círculo perfecto de un fracaso redondo.
Hoy, 64 años después, asistimos a un nuevo fracaso del mismo antiperonismo, con menos bombas y menos muertos, pero más miseria, más hambre, más desocupación, más deuda, mas ruina…
Porque el antiperonismo también es incorregible.
Pero malo.




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