Mientras las tropas rusas ocupan el sur de Ucrania y siguen su avance por el este, Putin cerró por diez días la llave del gasoducto que alimenta Alemania y parte de Europa, cuyos países, despiertos por el miedo, ahora disponen planes de emergencia mientras descubren que el "eje del mal" al final no era tan malo, y mientras miran subir el rublo, caer el euro y dispararse la inflación. En la desesperación de su propio derrumbe, los Estados Unidos empujan a la viejísima Europa contra ese enemigo que ya supo acabar con Napoleón y Hitler: el invierno ruso.
EL INVIERNO TAN TEMIDO
Al grito de animémonos y vayan, los
Estados Unidos empujan a la viejísima Europa contra ese terrible enemigo que terminó
primero con Napoleón, y después con Hitler: el invierno ruso.
El 75% del petróleo y el 50% del gas consumidos
por Europa, son importados. Del 50% del gas, el 40 proviene de Rusia. En
Alemania, potencia industrial, el suministro de gas ruso es del 49%. Era. Porque
el 11 de julio, Vladimir Putin cerró la llave de paso del Nordstream
1 que alimenta a Alemania y parte de Europa. Prometió abrirlo en diez días, y
cumplió. Esta madrugada el gasoducto volvió a funcionar, pero sólo a un tercio
de su capacidad. Diez días que conmovieron a Europa, y la dejaron temblando.
Tal es el miedo que el gobierno alemán ya declaró el gas “un
bien escaso”, en el marco de un plan de emergencia que contempla -si todo sigue
como va-, la intervención de las empresas distribuidoras, y el racionamiento
casero con cortes programados.
La página del Ministerio
de Economía incluye desde hace días un instructivo que, entre otras sugerencias, recomienda "duchas
más cortas", "agua fría de vez en cuando", "sombra en lugar
de aire acondicionado" y "el horno apagado antes de terminar la
cocción para aprovechar el calor residual". El documento lleva la firma
del vicecanciller y ministro de economía, Robert Haceck, que allí advierte: “el
escenario es grave, y el invierno llegará. Nunca estuvimos en una situación así.
Algunas fábricas tendrán que cerrar, y para algunos sectores será una catástrofe”.
Tal vez por eso en abril el gobierno nacionalizó la filial alemana de la energética
rusa Gazprom, pero ningún alemán salió a la calle con un cartelito que diga “yo
soy Gazprom”.
Porque entre las primeras cosas que se
lleva puesta la crisis energética en ciernes, están los principios ideológicos
de los líderes occidentales. En Francia, por ejemplo, el neoliberal Emanuel
Macrón decretó la estatización de la empresa EDF, Electricité de France. El
gobierno español, por su parte, anunció impuestos extraordinarios a las ganancias
extraordinarias de las enérgicas locales; y en Hungría, el derechoso Víktor
Orban, se resistió a las sanciones contra el petróleo ruso.
Tampoco el “eje del mal” resulta de pronto
tan malo. La semana pasada el ministro de Relaciones Exteriores de Italia
recibió en Roma a su par iraní entre pompas y abrazos, mientras Macron reclama
a viva voz la vuelta al mercado del crudo iraní, y ya que está, del venezolano
también. Pedro Sánchez -que muy cocorito había reconocido la presidencia de Juan Guaidó-, ahora
dejó trascender sus intenciones de reanudar las importaciones de crudo
venezolano, mientras promueve el acercamiento con Caracas. Igual que los Estados Unidos, que de golpe descuben que Nicolás Maduro
no es tan mal muchacho, como así tampoco el príncipe saudí Mohamed Bin Salman,
a quien Biden, en campaña -cuando hablar es gratis- había prometido tratar como
un “paria” por el asesinato, descuartizamiento y cocción del periodista Jamal
Khashoggi… pero que hace unos días terminó viajando a Yeda para implorarle al
mismo “paria” el incremento de su producción de petróleo. Marxistas de Groucho,
los líderes de Occidente tienen principios muy sólidos, pero si no gustan…
Tampoco sobrevivieron las ilusiones
ambientalistas de ninguno de ellos. De regreso al pasado más sucio, Europa
vuelve al carbón. El gobierno de Macrón redactó una nueva ley que entre otras
cosas autoriza la reapertura de la central carbonífera de Saint-Avold, que
había clausurado apenas en marzo y “definitivamente”. La misma decisión tomaron
los gobiernos de Alemania y Austria, reabriendo o prolongando la actividad de
sus centrales de carbón; Italia incrementará su compra de suministros; y en lo
que va del año España ya duplicó la quema de carbón, mientras según la agencia
Bloomberg, Europa la aumentó en un 51%. Se trata del recurso más contaminante
de la historia, pero...
Así las cosas, la prensa occidental abandona
de a poco su triunfalismo inicial hecho de imágenes de tristes refugiados, de
víctimas civiles y de valientes soldados ucranianos; porque ya el todo sur y casi
todo el este del país están en manos de las tropas rusas, mientras las reservas
armamentistas de Europa se agotan. Algunos de estos medios todavía sueñan con
la resistencia, recostados en una presunta “lentitud” del avance ruso. Pero olvidan
que en esa lentitud se recuesta también el progresivo deterioro de toda la
economía europea.
El euro ya alcanzó su cotización más baja desde 2002, y sigue en caída espantando capitales y recalentando la inflación, que en junio del año pasado era del 1,9%, y que ahora promedia el 9%, con países que alcanzaron el 19, el 20, y hasta el 22% (Letonia, Lituania y Estonia). Poco, visto desde la Argentina, pero demasiado para una Europa que desconocía el fenómeno. Porque más que el número, la tendencia es lo que aterra. Un horizonte de conflictos políticos y sociales que los triunfalistas de ayer hoy ni siquiera se animan a imaginar. Tal vez por eso el presidente de la Reserva Federal norteamericana, Jerome Powel, dijo a principios de julio, en el foro anual del Banco Central Europeo: “Creo que ahora entendemos mejor lo poco que entendemos sobre la inflación”. Seguro.
Sin embargo, según observadores, analistas y expertos -algunos del tamaño del interminable Henry Kissinger-, parece que Joe Biden no deja de hacer puntería contra sus propios pies. Las sanciones a Rusia no sólo desataron las referidas crisis energéticas y económicas por toda Europa y sus Estados Unidos, sino también una fuerte mejora en la balanza comercial rusa, el alza del rublo, la creación de nuevas formas de pago por fuera el dólar, y de remate, un mayor acercamiento de Rusia con China -el gran enemigo americano-, reforzando así el grupo Shangai, que ambas potencias integran junto a la India, que ahora compra el petróleo ruso, lo refina, y se lo vende al mundo, por supuesto más caro. Maniobra a la que rápido se sumaron China y Arabia Saudita. Todo salió mal.
No por nada esta semana en Londres, Tony
Blair -ex premier británico y ex socio de W. Bush en la invasión a Irak-, advirtió
que la guerra en Ucrania marcaba el ocaso de una era: “estamos llegando al
final del dominio político y económico de Occidente”.
Pero los imperios no caen mansamente, se derrumban, y en su derrumbe, desesperan, y en su desesperación, se vuelven torpes, erráticos, inconsistentes, y finalmente, insustentables.
Hora de estar alertas. Porque en la dinámica de su destrucción, destruyen primero sus periferias.
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