////// Año VIIIº /// Editor Anónimo: Daniel Ares /// "Y tú... ¿eres arquitecto, o escombros?", Louis Ferdinand Céline ///

sábado, 15 de agosto de 2015

INUNDACIONES: A VOS TAMPOCO TE IMPORTAN…


Indignados pero infantiles, correctos ciudadanos, políticos en campaña, y especialistas de ocasión, reclaman entre alucinaciones obras de ingeniería que resuelvan en Luján una hecatombe planetaria.
Mientras tanto todos, cada uno de nosotros, continúa con su vida contaminante, destructiva, suicida. El calentamiento global, el deterioro ambiental, las causas profundas del desastre, y por lo tanto las inundaciones, sus consecuencias, en el fondo, nos chupan un huevo.

NO HAGAN OLAS





Los inundados duelen, pero no importan. Incluso, con los días, molestan. Nos recuerdan que las aguas suben, y lo que hacen con todo. Pero ellos, en sí, no importan. Ahora un poco, quizá, un rato, pero nada. Indignan, sí, acaso asustan, pero no importan. De verdad, no
Se advierte en los medios, donde nos vemos todos. El debate público se enreda en sí mismo buscando un culpable, pero conforme se suman las voces, el asesino se les vuelve inasible. El diluvio fue tal que en sus aguas se llevó también las teorías. Entonces todo se reduce a empujar el cadáver de aquí para allá porque nos acusa. Pero no porque importe.
Los inundados duelen, sí, pero el debate es cómico. Se exigen obras, la participación del estado –casualmente las mismas voces que tanto la critican siempre -, se reclama la presencia física de tal o cual funcionario como si se tratase de Acuamán en persona; florecen de repente especialistas hídricos en cada ciudadano, en cualquier panelista pedorro, mientras políticos en plena campaña se patean las responsabilidades con tanta fuerza que algunas revientan en la patada y salpican a todo el mundo, propios y ajenos, empresarios, vecinos, usted, yo, todos… el desastre ambiental es planetario, imparable, ecuménico, irreversible, y ahí lo cómico: parecemos una manga de locos que quieren cruzar el mar a bordo de un convertible.
Ya nos gustaría que Scioli, Macri o San Martín pudieran resolver esto, cómo no. El papa, cuando menos, que sabe muy bien que se nos viene la noche y llora y clama desesperado mientras todos comentamos qué simpático es este cura.
Nada nos gustaría más que levantar a fuerza de pura “voluntad política” esas grandes obras que alucinamos entre cacareos, mágicas ingenierías capaces de revertir entre milagros mecánicos cien años de impericia colectiva, desidia total y desatinos cotidianos. Claro que nos gustaría.
Pero mientras tanto en el mundo, ahora mismo, mueren tres niños por minuto por falta de agua potable o saneamiento básico cuando el 70 por ciento del agua potable ya es propiedad privada (1); y el fuego perenne de los incendios forestales se devora los bosques a razón de 700 hectáreas por minuto (2); y conforme avanza la tecnología los vertederos de residuos electrónicos sólo crecen, se expanden, enferman y matan (3); y encima los residuos radioactivos, que ya nunca tendrán solución porque simplemente armamos una bomba que no sabemos desarmar (4); y la basura nuestra de cada día que no para de llover sobre la tierra desde hace tanto y que hoy a tal punto nos desborda que en el norte del Pacífico ya tenemos una isla de plástico y porquerías del tamaño de la India, y otra similar en el Atlántico sur, y otra en el norte, y también por eso los restos del MH 370 de Malasya Airlines no pudieron encontrarse en el mar, porque la basura sobre la superficie del Índico es tanta que era buscar un árbol en un bosque, “vimos islas de basura flotando a la deriva del tamaño de Brasil”, declaró uno de los pilotos que participó de la búsqueda (5).
Sin embargo por nada de esto ninguno de nosotros dejará hoy de acumular y tirar su bolsita plástica indestructible llena de relojes, celulares, televisores, lavarropas y más plástico; ni jubilaremos nuestro amado automóvil por más veces que nos digan que la causa principal del calentamiento global que nos cocina a fuego lento y condena al infierno a nuestros nietos es justamente la emanación de gases carbónicos producida por el transporte automotor... Y mucho menos abjuraremos -jamás de los jamases-, de la electricidad. Al contrario: ante cualquier corte incendiaremos las ciudades, más bien… 
Se estima que tal y como vamos antes de fines de este siglo Manhattan será como Venecia, Venecia no será más, y casi todas las playas del mundo habrán desaparecido. Y como las playas son la única valla entre nosotros y los mares, los mares entonces vendrán por nosotros. Nos chupa un huevo, más bien.

El segundo elemento más consumido por el hombre después del agua –el tercero después del aire- es la arena (6). Todo tiene arena. Todo se hace con arena. La ropa, tu casa, los aviones, el vidrio, la pintura, todo. Fuente de silicio, sin arena no serían posibles los celulares, las computadoras, las pantallas líquidas, el presente. Por eso la consumimos tanto, ya sin control, sin conciencia, con alegría, hasta acabarla, hasta que no haya más. Falta poco. Borges diría: es infantil impacientarse.
¿Qué hacer entonces?... ¿Cómo salir de este laberinto techado?...  ¿Detener el consumo y por lo tanto las fábricas, la construcción, dejar de producir, frenar el mundo y hundirse en su debacle?... ¿O seguir como vamos, de cabeza al gran abismo?...
Siempre es triste la verdad, justamente porque no tiene remedio.
Hace mucho que el dilema del hombre es brutal por insoluble: progresar, o sobrevivir.
Por el momento elegimos progresar, y mientras tanto, cada uno de nosotros, cada mañana, encenderá su televisor, la computadora, el celular, su auto, y cada noche, sin falta, arrojará su basura infalible, su mierda sin remedio, imperecedera...  
La verdad es que llegamos demasiado lejos y olvidamos tirar papelitos en el camino. Ya no sabemos bien dónde estamos. Nos perdimos en una jornada de progreso sin retorno. Un viaje de ida. Ja. Quién iba a decirlo, tan orgullosos que estábamos. Ahora es tarde. La gran lucha de los organismos internacionales, de sus mejores científicos y especialistas, se reduce a llorar por detener el deterioro, ni siquiera lo exigen, ni sueñan con revertirlo.
Y el gran enemigo, numeroso, a simple vista invencible, somos nosotros, cada uno de nosotros, cada día, a cada rato… no somos malos, qué va: simplemente no nos importa.
Más que rasgarse las vestiduras, sería mejor donarlas.




Esto también lo hicimos nosotros. 



Fuentes citadas:

(1) Escrito en el agua, Daniel Ares para Miradas al sur, 29-5-14: http://www.miradasalsur.com.ar/archivo/edicion/306/politica