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sábado, 14 de noviembre de 2015

ARDE PARÍS: CUANDO MATAR ES LO DE MENOS…



Un caño roto de lugares comunes inunda desde el viernes las redes sociales. Con fervor colonial, políticos, artistas, deportistas, vedetongas, nadie quiere quedar afuera de la supuesta conmoción que deberían provocar los atentados de París. Pero jamás ni un tuiter apurado por los muertos que mata Francia todos los días de la vida en Siria, en Libia, en Iraq, en Mali, en la República Centroafricana…


MENTIRA ESE LAMENTO




“Yo mataría porque no tiene importancia”.
Charles Bukowski




Muy compadrito y bien campante, Francois Hollande, presidente de Francia, se pavoneaba públicamente pocas semanas atrás, el 27 de setiembre -tan luego desde la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York-, confirmando el éxito de las incursiones de su Fuerza Aérea en territorio sirio. "Nuestras fuerzas consiguieron sus objetivos: el campo fue destruido en su totalidad", guapeaba el hombre.
Pocos días después el ministro de defensa francés repetía el número anunciando una segunda incursión, no menos exitosa que la primera. “Los objetivos fueron destruídos”, decía Jean-Yves Le Drian, el ministro.
Los objetivos a los que en uno y otro caso hacían referencia uno y otro –el presidente y su ministro-, eran en los hechos lugares llenos de gente que, según los informes de la inteligencia francesa –la misma inteligencia que ayer se comió lo que se comió en pleno París- decía, porfiaba, esa inteligencia, que dichos lugares llenos de gente, eran campos de entrenamiento de terroristas destinados a atacar Francia. Basado en tal información, el gobierno francés consiguió blandir la bandera de la “legítima defensa”, y se mandó al ataque.
Los objetivos destruídos del presidente y su ministro son, en los hechos, seres humanos. Quizá entre todos ellos haya uno o varios terroristas inmersos en esta guerra. Pero también hay niños y otros inocentes. Los populares daños colaterales que a nadie nunca le importan.
Sólo que las blancas no juegan solas, las negras también mueven.
Ayer, viernes 13, Francia consiguió más razones para explicar mejor su legítima defensa, y una cadena de atentados sembró de muertos París en menos de dos horas. 
Y entonces  de vuelta, las masas ilustradas –ilustradas por los grandes medios (Hollywood incluído)- cayeron en la trampa de los grandes asesinos, coincidiendo una vez más en que matar no está mal. Depende, como siempre, de dónde se mate, a quién se mate, porqué se mate...
Con fervor colonial, desde ayer una melaza de lugares comunes se derrama por las redes sociales monocorde, previsible, insustancial. Políticos, artistas, deportistas, vedetongas, lo que venga, todo el mundo se lamenta por los muertos de París.
Buscamos en los diarios de la época, en Google, por todos lados reacciones similares cuando los incontables por constantes bombardeos franceses sobre Libia, Siria, Iraq, la República Centroafricana, Mali, sus incursiones armadas, sus desmanes… nada. No encontramos nada. Ni un tuiter de la Xipolitakis.
Las conclusiones aterran. O los africanos no son seres humanos, o sí pero matarlos no siempre importa. O importa pero según dónde y por qué los mates. Bajo la noche llena de estrellas del Congo, o en los desiertos de Libia, por ejemplo, son gratis. Matar por uranio, petróleo o diamantes, sólo precisa de una coartada política, tipo la democracia, la libertad, etc, y listo, matás tranquilo. Matar en cambio por razones religiosas, y encima en un teatro del boulevard Voltaire, ya resulta un crimen imperdonable, una tragedia mundial sin precedentes.
Así nos va.