////// Año Xº /// Editor Anónimo: Daniel Ares /// "Y tú... ¿eres arquitecto, o escombros?", Louis Ferdinand Céline ///

domingo, 15 de octubre de 2017

CÉLINE, o el Guernica en palabras...


Aquí estos apuntes extemporáneos en homenaje a uno de los escritores que más admiro porque más me ha enseñado: Céline, el horrible doctor Louis Ferdinand Destouches.
Nunca recomiendo su lectura. 
Céline es un abismo, un maldito irrebatible: no ofrece salidas.
Héroe de la Primera Guerra, condenado por traición a la patria en la Segunda, médico de suburbios, acusado de colabó, exconvicto, renovador de la lengua francesa, y de la literatura universal, es considerado todavía uno de los mejores escritores de la historia.
Pero no es para el lector común. 
Ni el mundo, ni la vida ni la humanidad volverán a ser los mismos después de leerlo. Mejor evitarlo.
Para el aprendiz, en cambio, su lectura es obligatoria. 



El Guernica en palabras




Es un lugar común o algo peor extraer Viaje al fin de la noche y Muerte a crédito y desechar el resto de su obra o reducirla apenas a la prueba escrita de la fatal decadencia de su autor. Este facilismo se debe a que sus dos primeras novelas, sobre todo la primera, mostraban, aún, cierta complacencia con el lector. A partir de allí Celine encarna su propio verbo, y rompe con el público también. Ya no habrá tregua. Leerlo será sufrirlo, basta de goces, de placeres mundanos, de normalidades perimidas. Ya no narra bombardeos: ahora detona su propia prosa.
Dícese que terminó de escribir Rigodón y se murió. La misma tarde.
¿Es posible terminar de escribir una novela un día?... ¿Mucho más cuando uno lo que hace, sobre todo, es estilo?...
Verdadero o falso, allí, en Rigodón, hacia el final de sí mismo, lo grita por última vez: “soy un estilista con tres pares de cojones”.
Y sí.
Hubiese sido muy fácil, para cualquier escritor de su talento, sostener a lo largo de la vida una obra apacible, sin sobresaltos, sin riesgos, contentando a un tiempo al público y por lo tanto a sus editores, sin más esfuerzos que repetir de memoria los muy buenos trucos mostrados en el Viaje. Un escritor sin coraje, se hubiera refugiado ahí, así.
Céline saltó al vacío.
Dinamitó la lengua francesa, y en dominó, la novela toda. Contó el alma de su época concentrada en sí mismo, sin máscaras ni disfraces. Fue la forma tangible del espíritu de Europa, su grito callado a viva voz, pero sobre todo, fue nuevo y fue mejor. No podía sino ser linchado.
Sabía muy bien que lo que no le perdonaban era el Viaje. “El Viaje les molesta… ellos y yo sabemos de qué hablo, todo está allí”. El resto, sus panfletos, sus otros libros, fueron la excusa. La injuria su patíbulo. Su genio su guillotina.  
¿Era nazi? ¿Era colaboracionista? ¿Y por qué entonces Hitler había prohibido sus novelas, y Petain también, así como Stalin?... Proscripto entre proscriptos, con libros aún hoy prohibidos, tantos años después la historia apenas gotea la verdad sobre quién fue de verdad el terrible doctor Louis Ferdinand Destouches.




Condecorado con la Legión de Honor en la Primera Guerra, juzgado por traición a la patria en la Segunda, médico de suburbio con vergüenza de cobrar sus visitas, sospechado de agente de Alemania, voluntario en África para la Sociedad de las Naciones, acusado de vender la Línea Maginot, gran novelista de Francia, “Desgracia Nacional”; su fantasma inasible tampoco nos da tregua… ¿Cuál de todos los que era, fue, es, Céline?
La pregunta subsiste porque su obra venció al olvido.
Es un lugar común o algo peor despreciar la trilogía alemana, las Fantasías danesas, las onomatopeyas, la violencia desganada de sus frases inconclusas, esas metáforas inacabadas latiendo aquí y allá como bombas de tiempo, como minas personales… Vicente Huidobro recomendaba no mencionar las rosas en los poemas, sino hacer que florezcan. Céline lo consigue: cruza Alemania en ruinas, y allí los escombros de su sintaxis, la furia del sonido del caos que lo envuelve, el jadeo de la fuga en los puntos suspensivos de su prosa toda rota.
Ni una coma, en él, era gratuita. Avisa en el prólogo de Guignol´s Band: “El jazz reemplazó al vals, el impresionismo abolió la luz falsa… se escribe telegráfico o ya no se escribe”. Moderno entre modernos, capaz de condensar en cuatro rápidos trazos un espanto eterno, hoy hubiera arrasado en las redes sociales. Pero le tocó ser el cronista del tiempo de los asesinos.... ¿Cómo hacer ese trabajo?... ¿Cómo transmitir, con precisión, semejante delirio?...
No había manera, y entonces la inventó.



El 10 de octubre de 1932 era distribuida por las librerías de París Viaje al fin de la noche. Toda la novela universal envejecía de repente.
Un médico, no un escritor, ni siquiera un periodista, emergía del silencio como la excepción que rompía todas las reglas.
Robert Denöel -asesinado en 1944 en la explanada de Los Inválidos-, la publicaba. También en breve publicaría a Henry Miller, y entonces le mostró el manuscrito del Viaje y Miller lo leyó y reescribió su Trópico de Cáncer. La guerra destruiría muchas cosas, pero no el Viaje.
Los americanos entraron en París, y lo descubrieron. Nunca más escribirían igual. Miller, Kerouac, Burroughs, Bukowski, inauguraban la prolífica descendencia. Bret Easton Ellis y muchas “novedades actuales”, son hojas apenas de las ramas de ese árbol.
Tal vez por eso, para que no cunda el ejemplo, lo cubrieron de plumas y alquitrán. Pero el ejemplo cundió. De a poco no quedó gran cosa fuera de Céline. “Ya nadie escribe si no me imita”, repetía hacia el final, en su retiro de Meudon. 
Su “pequeño truco” perforaba por todas partes la literatura y el periodismo, el cine y la televisión y la radio, y por retroalimentación, la forma de hablar, y de comunicarse. Lo coloquial, lo llano, incluso lo vulgar, y todo aquello considerado hasta entonces “antiliterario” por excelencia, pasó a ser, de pronto, la mejor forma de escribir, la más directa, la más clara. La más emotiva.
En Conversaciones con el profesor Y, recuerda su invento, y lo subraya: “¡La emoción en el lenguaje escrito!... el lenguaje escrito estaba seco… ¡soy yo el que le devolvió emoción al lenguaje escrito!.. ¡como le he dicho!... ¡un lindo trabajito, se lo juro!... ¡el truco, la magia! ¡que cualquier tarado hoy en día pueda emocionar “por escrito”!... ¡no es nada!... ¡es ínfimo, pero es algo!...”
Detenerse en su avanzada, era sentarse a imitar a sus imitadores. Eligió ir más lejos que todos.
Faltaba todavía para que los beatniks iniciaran la polémica sobre la escritura automática, cuando Céline ya la había consagrado sin renunciar a la orfebrería que es propia del estilista (así como ajena al catártico). Y eso fue mucho para muchos.
Cuando aparece en 1954 la segunda parte de Fantasía para otra ocasión, Robert Poulet –antiguo admirador de Celine- escribe en la revista Rivarol: “El monstruo perdió su agilidad increíble. No hace más que morder todo el tiempo en el mismo lugar, con la masticación formidable y cansina del león enfermo. Para decirlo abiertamente: cansa, aburre”.
Ya no se trataba del maldito Bardamú del Viaje, feroz pero aún romántico, novedoso pero entendible… ya no quedaba nada del cronista por lo menos ordenado de Muerte a crédito. Ahora, en su Fantasía, estallaban sintaxis y estructura, sin ningún respeto por el manejo de los tiempos ni por “las líneas argumentales” ni por el “punto de vista del narrador” ni más trama y subtrama que su espanto perplejo. Todo voló por el aire. En pleno relato el narrador es atropellado por el escritor, que allí viene a contarse, o que más bien somete al narrador para que lo cuente en un juego de espejos con el punto de vista que resultó demasiado para muchos. Mucho al menos para Poulet.
¿Pero qué busca Céline con todo eso?...
Quiere contarnos sus días en la cárcel de Vestre Faengsel, en Conpenhaguen; su pelagra, sus fiebres, el frío que sufre en ese pozo condenado entre fantasmas durante 18 meses. Después lo indultan, sí, pero después. Mientras tanto espera la muerte, sus bienes son embargados, la BBC lo señala como Enemigo Público, Sartre, su admirador, lo apunta. Eso nos cuenta ahí, así, con esa prosa y esa estructura descoyuntadas, y esa especie de pesadilla hablada tan difícil de aguantar, de soportar, como la cárcel, como la decepción, como la pelagra, como el resentimiento, el hambre, como los 30 grados bajo cero y su condena a muerte…
¿Y aún así pretendía vender?...
En sus libros el autor y el narrador dicen que sí. Pero su obsesión con el estilo y el lenguaje, los desmienten todo el tiempo.
Insiste y vuelve y vuelve sobre el mismo punto. Habla de su “pequeño invento”, de su “truquito”. Busca ejemplos que mejor lo grafiquen: el subterráneo desbocado, el palo doblado para que parezca recto bajo el agua, quiere explicarlo, subrayarlo, distinguirlo, no cree en los hombres, y teme que por bestias no lo notemos. Exageraba. Era, cómo no, un paranoico. Los hombres sin demora se dieron cuenta. No se lo decían a él porque temían la foto a su lado, la asociación indecorosa con aquel nazi despreciable. Juzgado en ausencia, Francia ya lo había declarado “Desgracia nacional”.



Su “pequeño truco” era tan grande que iba a volverlo inmortal. Como la rueda o la cuchara, se trataba de un invento a la vez sencillo y contundente. Céline conecta por primera vez el habla popular con la literatura de alto vuelo, y planta frente a las academias, como una bandera pirata, esa verdad que hasta entonces reptaba sigilosa por los folletines más baratos. Homero Manzi diría: “no era un hombre de letras, hacía letras para hombres”.
Si se piensa que en la Argentina, por ejemplo, hasta 1944, el uso del lenguaje lunfardo, del che, del vos, y el tuteo nacional estuvieron oficialmente prohibidos por ley en las radios y los medios y en el cine; que bien entrado ya el siglo XX Roberto Arlt y Nicolás Olivari todavía peleaban con los críticos cada giro coloquial que osaban escribir; tal vez se pueda medir mejor lo que en 1932 desata Céline cuando publica el Viaje. Una literatura popular, no tenía por qué ser precaria. Un lenguaje moderno, podía sostenerse en una cadencia clásica. Pero era imposible hacer todo eso con la sintaxis oficial. Y Céline no se engaña: en el arte sólo el fin justifica los medios.
El arte debe producir belleza, pero esa belleza no es tal si no conmueve, si no provoca risa, dolor o reflexión. Céline consigue, a un tiempo, todo. Botón de muestra:
“En la compañía Podrèdière, del pequeño Togo, trabajaban, al igual que yo, otros negros y blancos de mi estilo. Los negros sólo funcionan a fuerza de cachiporrazos, en suma, mantienen su dignidad. Los blancos, amansados por la instrucción pública, marchan solos”.
Belleza, risa, dolor y reflexión. Arte del más elevado. Literatura. Y con ese lenguaje que todos hasta entonces despreciaban, o temían. El pequeño truco era un invento magnífico. Un descubrimiento. Un médico lo había logrado. Un científico. Esperar que se detuviera allí, era ignorar su naturaleza. Si el experimento había funcionado… ahora había que avanzar, profundizar, hundir el escalpelo.
Muerte a crédito pierde ese tono lírico del Viaje, y de a ratos el orden cronológico de su acción, la corrección técnica del punto de vista. Céline se adentra. Prueba. Experimenta. Su siguiente obra, Guignol´s band, comienza con una extensa onomatopeya. Por eso avisa: “se escribe telegráfico o ya no se escribe”.
Luego París será liberado, la guerra no termina, y él, sospechado por izquierdas y derechas, debe huir, con su mujer y su gato. Entre España y Dinamarca, elige Dinamarca, y se equivoca.
Apenas llega lo detienen y lo encierran en el pabellón de los condenados a muerte. Dos años después un día lo indultan y lo sueltan, a pedido de Henry Miller, de René Barjavel y de otros que reclaman “por uno de los más grandes renovadores de la novela junto a James Joyce”, dice el alegato. Sale pero no vuelve a Francia. Serán entonces los años de ese bosque danés reseco por el frío, con su mujer y su gato en esa cabaña con piso de tierra apisonada. Cinco años. Allí escribirá en silencio los gritos que le quedan.
De regreso de la cárcel y de la muerte, enfermo, hundido en el oprobio, la miseria y el destierro, sin nada que esperar, desesperado o fatal, Céline se interna de una vez por todas en las tinieblas de su propia prosa. Los ojos ciegos, fijos. No teme. Sabe en quién se confía. En él.



Mientras el narrador del Viaje parece cómodamente sentado en algún lugar de su derrota; al de las Fantasías danesas, al de la trilogía alemana, lo imaginamos más bien tomando apuntes apurados mientras escapa bajo las bombas entre edificios que se desmoronan. No hay tiempo para bordados, diría Arlt.
El delirio que ve le ofrece su propia dinámica, y Céline la toma. No construye escenas con palabras, más bien monta las palabras sobre los hechos que narra. El caos, su incoherencia, la magna imbecilidad y su vacío. Son golpes secos, duros, muchos veces innecesarios. Imprime la emoción en la página. Si pudiera hacerlo sin palabras, igual sería literatura. Parece entrar a la frase con cierta voluntad, cuando de pronto la abandona, como cansado o arrepentido, sin molestarse siquiera en tacharla, y es justamente ahí, en ese quiebre, donde el silencio resuena como un grito. Urgido, desbordado por el pandemónium que lo envuelve, corre tras el horror, intenta asirlo… pero el horror arde en sus manos y lo suelta, y otro hecho, más horrores, se le imponen, lo desbaratan... No es un viaje al fin de la noche: es el fin de la noche. Ningún artificio.
En 1952 vuelve a Francia. Perdonado por la justicia, vivirá con el badajo de colabó colgándole del cuello hasta la muerte. Pero vuelve igual. Ama Francia, y sobre todo, dice, ¡la lengua francesa!
Se instala en Meudon, en las afueras de París. Allí morirá en 1961, pero antes va despachar la trilogía alemana: De un castillo al otro, Norte, y Rigodón.  Acosado por la supervivencia, la vejez, las injurias, las acusaciones, las sospechas, las secuelas de la guerra y de la cárcel, igual no se entrega. Un par de sus mejores viejas piruetas le permitirían vender lo suficiente, pero no… siguió buscando la emoción, no las ventas. Reeditan el Viaje, lo incluyen en la Pléyade, es uno de los pocos autores vivos allí, pero sus nuevos libros desconciertan, y sus editores lloran y le lloran, mientras Celine experimenta sin parar. Un estilista con tres pares de cojones.
No importa –no le importa- a dónde va a llegar. Le importa que el túnel abierto se extiende, se adentra… Ve que hay más, que todavía existe otra forma de electrificar la frase, y prueba, insiste, no se detiene.
Ahora lo edita Gallimard, y en sus propias páginas cuenta que el propio Gallimard le recrimina sus pocas ventas, su gracia extinta. Dice que le pide el Viaje, más de eso. De lo mismo que ya fue. La sensación del lector es que Céline escucha el reclamo y de buena gana lo acataría, pero que ya no puede parar, que su propia escritura lo arrastra y se lo lleva, lo obliga a narrarse. El túnel que abrió, ahora se lo traga.
Los tiempos superpuestos, los puntos de vista que mudan, se cruzan, sus voces que se chocan, y esa velocidad propia del pánico que cuenta, consiguen en su conjunto un texto estrictamente poético, aunque compuesto con la prosa más prosaica. En blanco y negro y sus gamas de grises, ningún color, ninguna forma terminada, todo roto, fragmentos de lo que hubiese sido o era, retazos de relatos mutilados, el esplendor del espanto y su tragedia… Algo así como el Guernica de Picasso, pero resuelto nada más que con palabras.
Desde luego el lector que se asoma a Céline esperando un relato convencional, que se entienda por sí solo, que nos sirva bien ordenado, por ejemplo, el desastre inasible de una guerra, es un lector que a Celine dejó de interesarle allá por El Viaje, al salir de Muerte a crédito… “El autor no hace favores”, dice el cartelito que falta a la entrada de sus siguientes libros. 
Entonces vienen los aciertos y los despropósitos, los grandes logros, y los intentos monumentales desbaratados por su propio peso. El lector desprevenido, así, es acosado, confundido, de a ratos maltratado, y, o bien se entrega, o bien abandona.
En un pasaje de Fantasía para otra ocasión, la rueda del relato se detiene de golpe, el autor aparta al narrador, y le escupe al lector en la cara: “Y tú… ¿eres arquitecto, o escombros?”. Ya no hay piedad. El lector no importa. El aprendiz tal vez.
El aprendiz, el buen aprendiz, no puede –no debe- dejar de preguntarse por qué un hombre capaz de Viaje al fin de la noche, más aún: por qué un hombre capaz de arrancar su travesía literaria con Viaje al fin de la noche, al cabo de sus días, ya grande, ya maduro, ya dueño de toda su técnica, hace una cosa así… así como las Fantasías, como la trilogía alemana…
¿De verdad se ha vuelto loco, como insisten en repetir sus detractores, los que no lo quieren, no lo entienden, o no pueden superarlo?… ¿De verdad está terminado, y lo que hace es repetirse, imitarse sin suerte, agotado?...
No. Eso es un lugar común, o algo peor.
Céline no se imita. Al contrario: antes más bien se inmola. Sabe que caerán sobre él, que lo darán por acabado, que lo esperan hace mucho. Pero eso tampoco le importa.
La crítica, sus colegas, la opinión pública, la coyuntura, lo contemporáneo. Rimbaud diría: “los placeres mundanos lo han abandonado”.
Es médico otra vez. De suburbio siempre. Tiene unos pocos pacientes, algunos ni saben quién es, otros no lo recuerdan, y un par también lo admiran. Y la mayoría tampoco le paga. A veces. Le sigue dando vergüenza cobrarle a un enfermo por mucho que se lo cure. El horrible.
En la superficie de su trilogía alemana está el relato de su fuga hacia Dinamarca a través del IIIº Reich que se derrumba sobre su cabeza. Sí. Y la decadencia de la aristocracia jerárquica de ese IIIº Reich. También. Y más: predice la desaparición de esa vieja Europa que -avisa- “se terminó en Stalingrado”. También eso nos cuenta. Es el cronista.
Pero bajo la superficie del relato, está lo que de verdad sucede en el relato. Una vez que el lector –ya prevenido- le permite a Céline su escritura, lo que sucede es otra cosa. Complicados con Céline –ya no un alter ego, ya él- acompañamos su fuga y vemos con él los pliegues y repliegues de las miserias humanas, la codicia, la envidia, el egoísmo, la maledicencia, el miedo, la ausencia manifiesta del amor, en suma y en esencia: las raíces reales de todas las guerras que en el mundo han sido y serán.
Y eso es lo que surge como un vapor hediondo de su prosa extraviada. Allí está todo sin subterfugios, artificios ni concesiones. No hay héroes, ni villanos, apenas los hombres, las mujeres. Nosotros. Allí lo imperdonable de Céline: nosotros.
Hasta donde una pieza literaria puede considerarse “acabada”, la leyenda insiste con que Céline terminó Rigodón, novela que cierra la trilogía alemana, la mañana del primero de julio de 1962, y que esa tarde se murió. De un derrame cerebral.
De ser así su última escena anuncia a los chinos entrando en Cognac. No los rechaza, no opina, avisa, describe. Es el cronista. No se lo perdonaron nunca. Hoy los chinos están en Cognac.
Se autoproclamaba cronista. Lo fue. Su enorme literatura es apenas una consecuencia lateral de su verdadero objetivo: contar su tiempo. Pero no decirlo, escribirlo, sino exactamente trasmitirlo. De a ratos lo consiguió, de a ratos la fritura de la interferencia fue mayor, pero aún entonces, siempre estuvo más cerca que nadie de lograrlo. Y allí sigue todavía: más cerca de lograrlo que nadie.
Es un lugar común extraer Viaje al fin de la noche y Muerte a crédito y desechar el resto de su obra o reducirla apenas a la prueba escrita de la fatal decadencia de su autor.
Un lugar común, o algo peor. Es como decir que el autor del Guernica era el loco, y no Francisco Franco cuando ordenó ese bombardeo. 








* * *