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lunes, 27 de noviembre de 2017

ARA SAN JUAN: LA TRAGEDIA PERIODISTICA…




La era de los medios masivos está por terminar.
La revolución tecnológica se lleva muchas cosas –el teléfono fijo, el taxi, la agencias de viajes, etc-, y con la misma fuerza se lleva también, y en todo el mundo, a la industria del periodismo.
En la Argentina, uniformes cuando no hegemónicos, los medios cada vez se distinguen menos entre sí, mancomunados en una decadencia general que las grandes tragedias revelan en toda su desgracia.
En la lucha contra las redes por el minuto a minuto, la emoción vale más que la información, pero está claro que los muertos nunca importan.



VERÁS QUE TODO ES MENTIRA






Frente a las grandes tragedias, prácticamente a coro, el periodismo nacional muestra sus grandes miserias, la asombrosa extensión de sus carencias.
Lugares comunes a repetición, escasez de imaginación y de vocabulario, la imitación de la competencia como todo argumento, la osadía del ignorante, la hegemonía de sus dueños, el apetito por las ventas, el apuro, la impericia y la desidia, acaban en un show casi constante, uniforme, hueco, y tragicómico… Trágico porque se origina en una tragedia, cómico porque el ridículo ajeno es una de las bases del humor… Chaplin, el Gordo y el Flaco, los Tres Chiflados, Eduardo Feinman, Alejandro Fantino, Santiaguito del Moro y el Payaso Firulete, son algunos pocos pero buenos ejemplos.
Desde que el desastre del ARA San Juan alcanzó la luz pública, los medios se frotaron las manos con las altas marcas de encendido, y salieron a pelear el share… Esperanzados –comercialmente esperanzados- con un final feliz, empaquetaron la tragedia con el título de “Los 44”, rápida remake de “Los 33” mineros chilenos, porque a falta de imaginación, siempre nos queda el plagio.
Así se daba comienzo al impúdico manoseo de un desastre inédito. El vacío de información rellenado con la hipótesis personal, el augurio, el rezo, la sospecha, la mentira simple, la improvisación constante, la indignación pasajera, el falso lamento, el golpe bajo, el chiste desubicado, la paparruchada, un cacareo agotador hecho de frases hechas, de lecturas leves, de urgencias publicitarias… periodismo cero.
Como un sarampión que anoche no parecía, brotan por todas partes repentinos especialistas en navegación de submarinos, inmersiones y sumersiones, operaciones de rescate y secretos militares, vientos, corrientes, océanos y ballenas.
En competencia desigual contra las redes sociales, se busca el impacto "minuto a minuto" y así la espectacularidad de una noticia, importa más que su veracidad. En esa disputa se licua el oficio, y lo que sobrevive es otra cosa… el histrionismo, la osadía, el delirio…
Entonces todos y cualquiera se permiten opinar, explicar –improvisar- sobre temas que desconocen –básicamente porque no les importan-, sin siquiera saber, en la mayoría de los casos, de qué están hablando. Hablan de un submarino, pero no perciben que entonces hablan de defensa militar, de secretos de Estado, de geopolítica, de alta diplomacia, del presupuesto nacional, de pactos internacionales que también ignoran… 
Así por ejemplo Alejandro Fantino –periodista deportivo devenido en analista político por el simple efecto de un corte de pelo-, Eduardo Feinman, desde la vulgaridad de su resentimiento, o Santiaguito del Moro, insustancial y sonoro, le explican al gran público lo que no tuvieron tiempo de entender. Y a toda esa nada se le llama periodismo.
Como el final feliz al final no llegó, la misma jauría se lanzó a buscar un culpable, y como suele ocurrir, inmediatamente lo encontró: el gobierno anterior. Y ya iban a por sus miembros más notorios, cuando el propio Macri los paró conciente de que Cristina pudo haberle dejado el submarino todo roto, pero el que lo llenó de gente y lo mandó abajo del agua, era él.
“¡No hagamos política con esto!”, gritó inmediatamente el Coro de Niños Audiovisuales, y allí nomás recogió el espantasuegras que acababan de soplar. No hay dirección, intención de informar, investigar, nada… hay otra cosa: hay el minuto a minuto… la guerra que ven que tienen perdida contra las redes sociales, y en esa desesperación, claro, se desesperan…
El periodismo tal y como lo conocemos, el periodismo de los medios masivos, agoniza en todo el mundo. Últimamente esos grandes medios no hacen más que replicar y correr tras lo que se viraliza en las redes sociales, o a partir de las grandes filtraciones (Wikileaks, Panamá Papers, Paradise Papers), todas fuentes a las que el gran público tiene acceso por un mínimo clic… La pregunta es: ¿cuánto puede sobrevivir, en cualquier negocio, un intermediario ya innecesario?…
El periodismo de los medios masivos se extingue porque se diluye en la multitud. Cada individuo lleva hoy en sus manos una estación portátil de producción y emisión de noticias. Puede filmar, fotografiar, escribir y publicar, simultánea e inmediatamente, en todo el mundo. Y sin proponérselo, y acaso sin pensarlo siquiera, allí produce periodismo. 
Si la noticia es buena, impacta, se viraliza… y allí detrás vienen los grandes medios a levantarla o comentarla… pero ya detrás… ya intermediarios innecesarios… ¿cuánto podrán sobrevivir?
En los últimos cinco años The New York Times consiguió mantener su renta, no subió ni bajó. En el mismo lapso, Facebook la aumentó año tras año.
Hay otro hecho sustantivo: ningún medio del mundo, por famoso, antiguo o prestigioso que sea, consigue todavía hacer rentable su edición digital. Todos viven, sobreviven, aún, de la edición en papel. Que cae sin parar año tras año en todo el mundo. Otro hecho.
Desde luego, conforme caen las ventas, y por efeccto simpatía, caen los ingresos publicitarios, en paralelo la inversión interna, y por lo tanto los recursos, el personal, los sueldos… las redacciones se achican, se comprimen, se “ajustan”, el redactor acorralado acapara cada vez más trabajo, en tanto cede medios y tiempo para realizarlo, y así el producto se apura y se resiente, se abarata… En consonancia, la caída en los sueldos vuelve demasiado caros a los buenos, y la hechura de los medios cae cada vez más en manos de los principiantes, siempre tan voluntariosos, con tantas ganas de aprender, y tan económicos. Es la tormenta perfecta.
Tal es la situación actual de la industria periodística en todo el mundo. Pero en la Argentina es aún más grave. Lo que hasta ahora llamamos “el periodismo argentino” agoniza aplastado entre ese cambio de paradigma histórico que lo vuelve obsoleto sin solución, y un monopolio donde la esencia del buen oficio ya no importa nada. Otra tormenta perfecta.
Y entonces basta una gran tragedia para revelarnos las grandes carencias de una industria en su agonía. La impericia, la desidia, la inmoralidad acaso involuntaria en el apuro por el rating, el cronista que repite la pregunta porque no escucha las respuestas, el movilero que insiste en revolver la herida de su entrevistado porque “el llanto garpa”; el panelista que se anima a una hipótesis que ni siquiera terminó de pensar; el conductor que hoy nos explica un submarino y ayer nomás el último romance de Pampita.
Es la tragedia periodística en la que día a día nos ahogamos todos. 

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