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sábado, 28 de febrero de 2015

MUERTO NISMAN, VIVA BOUDOU…


Cuando la fiesta de la oposición alcanzaba su clímax, el juez Daniel Rafecas les cortó la música de golpe: Cristina no era la asesina de Nisman, ni tampoco su gobierno es una célula de Al Qaeda. Un golpe durísimo para los medios del miedo, que por 24 horas tartamudearon su desconcierto sin conseguir siquiera explicar de qué color era un vestido azul.
Por suerte siempre está Boudou para salvarlos.


AMADO AMADO





La resolución del juez Daniel Rafecas ante la denuncia contra la presidenta elaborada por el fiscal Alberto Nisman, -aunque presentada finalmente por su colega Gerardo Pollicitas (con la misma fe con que se juega al 37 en la ruleta)-, cayó como un corte de luz en pleno festejo.
La oposición -con sus periodistas al frente, y sus políticos detrás-, llevaba ya más de un mes pregonando sin decirlo la culpabilidad del gobierno en la muerte de Nisman. Palabras más, palabras menos, Cristina lo había asesinado.
Los móviles estaban a la vista –la verdad no, la verdad todo lo contrario, pero a la oposición qué le importa la verdad-: Nisman había descubierto la pertenencia de Cristina, y de su canciller, al terrorismo islámico. Palabras más, palabras menos. Así las cosas, sencillamente, según los panelistas de la oposición -cuyos políticos repiten obedientes-no quedaba otra, claro, que matarlo. Berni borraría las huellas, y Aníbal Fernández enterraría el cadáver con la ayuda de Capitanich y Kicillof, como hacían Ray Lliota y De Niro en Buenos muchachos. Todo cerraba. La fiesta comenzó.
Una marcha contra el gobierno, marcó su apogeo el miércoles 18. Aunque bajo la lluvia y sin propuestas –porque propuestas no hay-, un grupo de fiscales –confiados en su anonimato, y de la mano de Magnetto-, la convocó y la encabezaba. Y allí los políticos de la oposición –siempre atrás, siempre escondidos-, tocaron el cielo con las manos, por un instante propia la multitud ajena. (Ver El silencio de las cacerolas).
Horas de gloria, cómo no.
Ya no hacía falta más nada, Nisman lo era todo.
Su inmolación, su valiente muerte en manos de un gobierno ya por completo desbocado, acorralado, desesperado al punto tal de salir a asesinar fiscales… Fiscales que por fin se levantaban, levantando así la última esperanza de acabar con esta dictadura, de encontrar algo mejor que Macri, Massa, Carrió, Binner, y los inútiles de siempre…
¡Por fin el Poder Judicial llegaba sobre la hora como la caballería para salvar al gran pueblo argentino que tiene Pinamar lleno de negros!… ¡Por fin la Justicia sería justicia!… Otra que la consagración de la primavera.
No podía pedirse más.
Cristina sería fusilada.
Y no.
De repente no, simplemente no.
De repente Rafecas va y les corta la luz, y se acaba la música, el dancing se detiene, y todo es silencio, desconcierto... Pasmo… ¡¿Pero qué mierda pasa aquí?!...
Por más de 24 horas los medios del miedo farfullaron palabras más, palabras menos, pero palabras apenas. Ya no completaban una frase, ni hablar de un pensamiento, el tartamudeo se hacía moda: la Justicia de la que esperaban tanto, de pronto les escupía la cara… ¿Pero entonces para qué fuimos a la marcha, eh?... Y Cristina, entonces… ¿no sería fusilada?...         
Decepción, dolor, espanto.
La resolución de Rafecas no sólo reduce la denuncia de Nisman a un esfuerzo impropio de un estudiante, sino que para colmo destaca la acción del gobierno en la causa AMIA, y recuerda que Nisman, encima, decía lo mismo.
Pero Nisman ya no importa, Nisman ya no sirve. No lo mató Cristina, y esto lo vuelve inútil. Como un barco de piedra, su caso ya empezó a hundirse hacia el fondo del olvido de las páginas interiores de los medios que, apenas ayer, se rasgaban las vestiduras con sólo mencionarlo.
Con los reflejos de un mueble –o de un contendiente muy golpeado-, Clarín y sus ecos incontables demoraron más de 24 horas en reaccionar y contragolpear… Pero de su galera exhausta ya no pudieron sacar otra cosa, otra vez, que el viejo truco de Ciccone y Boudou.  
Porque ahí sí, ojo, ahí un día, la oposición –y no sólo sus periodistas, sus políticos también- promete, por fin, acertar una. Un día. Seguro. (Bueno, casi seguro)…
Mientras tanto por qué no preguntarse -como Julio Cobos entre otros-, si ese vestido que vemos es azul y negro, o dorado y blanco… o verde podrido, como quedaron todos...