////// Año IXº /// Editor Anónimo: Daniel Ares /// "Y tú... ¿eres arquitecto, o escombros?", Louis Ferdinand Céline ///

martes, 18 de septiembre de 2012

LA MARCHA DE LA BRONCA, Y LA BRONCA DE LOS QUE MARCHAN.



El jueves pasado “miles de personas en distintas ciudades del país” –según los medios del miedo- salieron a protestar en lo que El Martiyo considera una auténtica “manifestación social”. Aquí reparamos en sus orígenes y sus reclamos, en la sustancia de su masa, y en la fuerza de sus verdades. Y en esa fisura ardiente que divide a los argentinos.


LA RABIA DE LAS CAPITALES




Por prudencia y por orgullo preferimos no cometer errores, así que nos mantenemos alertas y atentos. Ya cuando hacíamos El Martillo en Clarín blogs dejamos en claro que no estábamos a favor de este gobierno (ver aquí), pero sí reconocíamos que este gobierno estaba a favor de todos nosotros, y por eso lo apoyábamos, lo defendíamos, y lo seguíamos. Y porque lo seguíamos, lo fiscalizábamos. Por prudencia, por orgullo, y porque la política no es como el fútbol: en ella nos va el bienestar, y muchas veces la vida.
 Desde ese punto de vista, consideramos las marchas del jueves pasado como una auténtica manifestación social, y desde entonces tratamos de entenderlas, a partir de sus orígenes y sus reclamos, de la sustancia de su masa, y de la fuerza de sus verdades.
Si arrancamos por sus orígenes, la espontaneidad de las redes sociales en la Argentina está muy cuestionada desde que el Grupo Clarín echó al universo virtual ese ejército de escribidores a control remoto de la calle Perú.
Pero aún así concedamos la posibilidad de que fueran marchas de verdad espontáneas. Digamos que durante días y horas –no apenas en horas y minutos, como ocurrió en El Cairo-, por Twitter y Facebook y etcétera, la gente –la gente que tenía días y horas y acceso a Internet y un computador, o dinero para pasar días y horas en el ciber-, “se organizó espontáneamente” para hacer públicos sus reclamos. Digamos que sí.
Ahora bien: ¿Cuáles eran “sus” reclamos?...
Hasta los medios del miedo, aún en la euforia de la alucinación de un posible estallido social que los salve del próximo 7 de diciembre; aún así tuvieron muy serios problemas para decodificarlos primero, y limpiarlos después. “Libre fuga de divisas”, “Evasión fiscal para mí solo”, “Viajes a Europa ya”, no eran consignas políticamente siquiera presentables. Descartadas a la vez las estrictamente partidarias del tipo “No a la re-reelección”, o los vulgares insultos a la investidura presidencial; los “analistas independientes”, con silogismos quirúrgicos, apenas pudieron salvar algunas vaguedades como “Queremos Justicia”, “Basta de inseguridad”, “Basta de corrupción”, “Basta de inflación”... Cartelitos que hoy por hoy bien podrían exportarse a cualquier lugar del mundo.
 Turbios los orígenes, vagos los reclamos; queda por verse entonces la sustancia de la masa, y/o la fuerza de sus verdades.
Porque tal vez justamente la sustancia de la masa -antes que en su procedencia geográfica o/y social-, se revela mejor en la fuerza de sus verdades, vale decir; en la verdad de sus broncas, así en lo coyuntural, como en lo profundo.
En lo coyuntural los irrita sin vergüenzas el cepo cambiario, la obligación de pagar sus impuestos, el encarecimiento de sus vacaciones en el exterior… en síntesis: sus solos bolsillos, sus viajes de placer, sus bienes no declarados, sus excedentes ocultos...
Ya más allá de lo coyuntural, en lo profundo, o más bien, por debajo, subterráneo, oculto y perenne, está el odio ancestral a los emergentes, y el miedo a cuando emergen. Las fronteras sociales, tan caras a ese público, que así comienzan a desdibujarse confundiéndonos a todos con cualquiera. La injusticia que les parece destinar dinero del estado “que ponemos todos” para “esos negros de mierda” que de pronto llenan sus playas como en La casa tomada de Julio Cortazar. Esa es la razón oculta pero real, la fuerza de sus broncas, la verdad de sus reclamos, la sustancia de esa masa, que el último jueves, encendió una lucecita de esperanza en los oscuros corazones de los medios del miedo.
Sin embargo ni siquiera el Grupo Clarín-La Nazión consiguió inflar la multitud más allá del “miles de personas”, y “en distintas ciudades del país”. O sea: ni millones ni cientos de miles, ni tampoco “en el país”, ya no “en todas las ciudades del país”, ni siquiera en “casi todas las ciudades del país”, ni mucho menos en “casi todas las ciudades más importantes del país”, no, nada de eso… Vale decir, bastaron “miles de personas en distintas ciudades del país”, para encender esa lucecita de esperanza en estos oscuros corazones más oscuros cada día.
 Nosotros no quisiéramos desilusionarlos, pero nada nos gusta más.
Una oposición legítima no puede surgir y sostenerse sobre la base de la defensa de beneficios personales difíciles de establecer sin perjudicar al prójimo. Hace falta algo más que la rabia nacida de frustraciones íntimas y propias para elaborar una alternativa colectiva que iguale, supere, o por lo menos cuestione a la actual.
Marchan “contra la corrupción”, en pos de la evasión. Piden “libertad”, para fugar divisas. Quieren “justicia”, pero el pobre que se joda. No traen un proyecto, tampoco lo pidieron. No quieren lo que hay sin importar lo que vendrá. Reclaman “seguridad”, pero no les molestaría un golpe. Se creen a salvo de los asesinos de la derecha. Y no hablan de igualdad porque se piensan mejores, incluso, que el que marcha a su lado. Más que una expresión social, parecen el amontonamiento circunstancial de resentimientos individuales amalgamados por la futilidad del que olvida el pasado porque se caga en el porvenir, y sobre todo, en el que marcha a su lado.
Difícilmente esa arcilla aguada permita construcciones sólidas. Sin embargo no por ello desestimamos la protesta, que en su propia tristeza, nos mostró de una vez por todas que la fisura ardiente que divide a los argentinos, ya no es política, sino moral, entre un país para todos, y uno para mí.
De esa fisura ardiente, surge el vapor de estas protestas. Pero el vapor no es lo que arde.
Unos y otros sabemos perfectamente que tanto humo se acabaría enseguida con la sola rendición incondicional de Cristina Fernández de Kirchner ante el Grupo Clarín-La Nazión (lo que es, supone y oculta); derogar la nueva Ley de Medios ya; olvidar el 7 de diciembre, devolverles el control absoluto de Papel Prensa, echar al fuego toda esa documentación que imputa a sus dueños en crímenes de lesa humanidad; devolverles el Banco Central a los tahúres de la timba financiera, y a las grandes corporaciones sus privilegios de ayer; anular para la iglesia las leyes de matrimonio igualitario, aborto y muerte asistida, y de un plumazo histórico perdonar a los mayores criminales de la patria; y entonces el fuego de ese vapor se apagaría, y María Laura Santillán volvería a sonreírnos, y un viejo sol se alzaría de nuevo como en los días de gloria del genocidio cuando estos mismos medios no encontraban absolutamente nada de qué quejarse.





* * *