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sábado, 12 de enero de 2013

LA FRAGATA, LA FIESTA, CRISTINA Y LOS OTROS…



El miércoles en el puerto de Mar del Plata, la presidenta Cristina Fernández de Kirchner fue más lejos que nadie en la historia moderna de la democracia argentina, y plantó a la  histórica JP, a las Madres y las Abuelas, y al pueblo en general, frente a la Armada Argentina, para vivarla, unidos todos, en una recepción que culminaba una gesta pacífica pero patriótica, donde el asunto en cuestión era la soberanía nacional vendida en tiempos de Cavallo.
La oposición, ausente en su autismo, no vio en todo esto más que un acto partidario, repetido y obligado.
Después se sorprenden con sorpresas como las últimas presidenciales.



ELLA Y SÓLO ELLA

El cómico rabioso Eduardo Feimann no pudo soportarlo y abandonó la transmisión de su fragmento en vivo en el canal C5N. No aguantó la fiesta.
Mientras la cámara de su helicóptero –suyo del canal, claro- mostraba la Fragata Libertad en su maniobra de amarre, Feimann negaba entre espumarajos que los marinos a bordo fueran en forma alguna héroes apenas por resistir en un puerto extranjero el sitio a la nave por parte de un ejército africano. Quería muertos, Feimann, y no había. La multitud reunida allí, tampoco lo conmovió. Todos en su conjunto eran el solo resultado de una maniobra tranviaria y alimenticia. “Fueron traídos en ómnibus desde distintas partes del país”, y contaba la cantidad de choripanes que eso podía costarle a la gente como él. Precisiones no tenía ninguna, pero igual anunciaba anuncios que después al final no se anunciaron. Y por fin se calló del todo cuando vio que ni los choripanes ni los ómnibus podían explicar la sincera devoción de esa gente que sólo quería besarla. Y se fue, Feimann, no aguantó tanta alegría ajena,  y se borró. La fiesta y la verdad lo desbordaron. C5N mantuvo las imágenes de su helicóptero, la música épica de fondo, y un silencio de radio que valía más que mil palabras… (sobre todo de Feimann).
Es cierto: en todo esto este muchacho resulta una criatura insustancial, nada tenemos contra él (incluso sabemos de sus problemas nerviosos), apenas lo tomamos como ejemplo, como muestra, como una encarnación casi perfecta de esa Argentina amarga que más se amarga en cada fiesta de la otra Argentina.
Clarín, por ejemplo, el miércoles nada más vio que Cristina recibió a la Fragata “rodeada de militantes”. Responde a su lógica: “la gente es boluda, por eso nosotros la manejamos siempre”.  Aturdidos por la derrota que supone su tremendo poder oculto por fin descubierto (si la Corte fallara a favor de ellos, terminaría de arruinarlos), el Grupo hunde la cabeza en la tierra, y no quiere ver nada. Más nada.
La Nazión, apuntado puntualmente en el discurso presidencial, menciona la acusación, sí, pero sigue sin responderla, y luego eleva a categoría de escándalo el retiro obligado de un militante –uno solo- de Greenpeace, que en tal caso le reclamaba a Scioli, no a Cristina... La Nazión le dedica todo un artículo, preocupado, claro, por la libertad de expresión. De los 100 millones que nos deben como Estado desde hace diez años, ni palabra.
Apenas por la tarde, Clarín.com amplía a su socio y no sólo se ocupa del militante de Greenpeace, sino que por supuesto lo entrevista, y allí admite que sí, que  fue sacado “¡a empujones!”… El caso nos recuerda el no menos simpático caso del hincha de Camerún, perdido en una fiesta ajena.
Los referentes de la oposición –de alguna forma hay que llamarlos-, también, como el hincha de Greenpeace, consiguen su espacio en los dos grandes medios, siempre y cuando canten la canción correspondiente.
El socialista Hermes Binner, desde La Nazión (como corresponde al socialismo argentino desde los espectaculares días de don Alfredo Palacios), optó por despreciar al gobierno argentino destacando al de Ghana, el cual tiene a bien –dice él (experto en Ghana de pronto)- de no intervenir en las decisiones de su Corte Suprema. ¿El grito ahora será: Ni Cuba, ni Venezuela: Ghana…?
En cambio el intrascendente pero ruidoso Pino Solanas –desde Clarín él- entró con la pierna a la altura de los dientes y de todo lo que todos vimos el miércoles, él sólo rescató una “teatralidad histérica de Cristina”, un “acto militante”, “algo más de la impostura en la que viene trabajando el Gobierno Nacional”, y advirtió sobre una “violación continua del andamiaje institucional y jurídico argentino”, (aunque esto, se entiende, no fue referido a las infinitas cautelares eternas que protegen al Grupo Clarín, a La Nazión, y a la Sociedad Rural Argentina).
Así, en esa línea, obedientes y falaces, las voces de la oposición consiguen o mantienen su ratito en los medios del Grupo, mientras se cagan no sólo en la verdad y en la gente, sino, y sobre todo, en ellos mismos…
Porque todos estos todos juntos, después, son los que no entienden cómo Cristina se los lleva puestos en las urnas.
El miércoles volvió la Fragata Libertad a la Argentina luego de haber sido retenida en Ghana por la acción jurídica de fondos buitres, que ni siquiera los amos del norte admiten.
Los marinos a bordo, resistieron como debían resistir, es su trabajo, se ganaron su aplauso, pero no más cumplieron con su deber.
La presidenta, en cambio, tuvo la opción de pagar -como hicieron la mayoría de sus pares en su momento-, y entregarse sin resistir. Pero no. Resistió más que nadie y el miércoles estaba allí, justamente porque ella comandó esa gesta.
Y ella y sólo ella, allí, podía juntar a  las Madres de Plaza de Mayo, a las Abuelas, a la JP, al pueblo en general, con la Armada Argentina, cuyos más altos oficiales parecían sonreír para mostrar los dientes, mientras oían, en los silencios de Cristina, cantar a los pibes de la JP, “che, gorila, che gorila/ no te lo decimos más/ si la tocan a Cristina…”.
Que nadie se engañe. Ella y sólo ella puede pararse entre esos diques, y hacer algo mejor que contenerlos. Reunirlos, unirlos.
Luego su discurso fue una vez más ilustrativo, profundo, y valiente.
Los que dicen que nunca explica nada, son los sordos peores que no quieren oír.
Los que esperan que afloje o "cambie el rumbo", deberían olvidar a esos presidentes que en campaña prometían una cosa, y en ejercicio hacían otra. Ella no es esos.
Los que la acusan de "soberbia", deberían revisar el concepto que tengan de las palabras “convicción”, “ideal”, “principios”.
Los que dicen que divide al país, el miércoles no quisieron ver, ni escuchar, ni entender lo que esa mujer, ella sola y sólo ella, hizo allí con los enemigos de siempre.
Los que hoy dicen que eso no fue más que un acto político, son los mismos que ayer juntaban la plata para alimentar a los buitres.
Hay una Argentina nueva, que crece y es digna, y en la que el tigre ya pasta con el cordero; es la Argentina de Cristina, la Argentina de fiesta.
Y hay otra Argentina, una Argentina vieja y amarga que se extingue entre lamentos vanos y un horrible pasado que no la deja dormir. Es la Argentina de Clarín, del frustrado cineasta Pino Solanas, del sospechoso Hermes Binner, del cómico Eduardo Feimann, una Argentina menor y miserable, que se va por eso, porque no soporta la fiesta de la rabia que le da su propia tristeza.

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