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jueves, 20 de diciembre de 2012

CGT: LA MARCHA DEL AYER: CUANDO MUCHOS SON POCOS.


 
Escasa pero variopinta, ruidosa pero organizada, la multitud que ayer acudió a la convocatoria de Hugo Moyano, dejó la Plaza sin llenar, el discurso sin oír, y al país sin conmover. Pese a los esfuerzos del Pro, la izquierda, Barrionuevo, el campo, Vilma Ripoll, y el mismísimo Clarin entre otros; juntaron menos gente que un Lanús-Banfield.
Pero las despedidas siempre son tristes.


LA MARCHA DEL AYER

Ayer nomás...



“Faltó tanta gente, que si faltaba uno más, no cabía nadie”.
Macedonio Fernández



En un hecho casi imperceptible, y sin embargo extraordinario, marcharon ayer hacia la Plaza de Mayo, las fuerzas de oposición convocadas por la CGT de Hugo Moyano y Pablo Micheli, acompañados por el hijo de Alfonsín y pedazos del radicalismo, otro pedazo del Pro y algunas agrupaciones de izquierda, junto a Buzzi el de la mesa de enlace, el medio peronista medio izquierdista medio liberal Pino Solanas; el líder sindical de los campesinos esclavos Jerónimo Venegas; la intransigente sin embargo Vilma Ripoll, y el nunca bien ponderado –por algo será- Luis Barrionuevo, entre otros desesperados. Un crisol de risas, sí.
Y desde luego, sobrevolándolo todo, el espíritu de Clarín, que dijo presente en su edición de hoy, otorgándole la tapa y hablando de un “acto masivo” como si la televisión todavía no hubiese sido inventada.
Sin embargo su adusto socio La Nazión, ni siquiera tapándose las narices pudo ir tan lejos, y reconoció una plaza “semivacía”, y hasta reparó en la pérdida de popularidad que viene sufriendo Hugo Moyano. (“Antes que Moyano, la nada”, pensarán los Mitre-Saguier)…
El caso es que la televisión sí fue inventada, y ayer nomás transmitió en directo imágenes de una multitud rala y ruidosa, organizada, sí, pero insuficiente… al menos para cubrir siquiera la mitad la Plaza.
Como quien oye llover, se oyeron los oradores.
Moyano parecía hablarle a nadie, mientras las cámaras enfocaban grupos dispersos, ajenos al discurso; contentos, pese al drama interpretado por su líder, o cuando menos animados, meta redoblante y bombo, y dale que va.
Arriba en el palco, junto a Pablo Micheli, y otros que nunca lo quisieron, Moyano lanzaba su propuesta política sin propuestas por el momento; luego algo dijo sobre el impuesto a las ganancias –tema que tampoco provocó la expectación del público-, y aunque le apuntó al gobierno todo el tiempo, al final dijo que la marcha no era contra el gobierno. La contradicción pasó inadvertida como todo lo anterior.
Curiosamente, ni siquiera las infalibles menciones a Perón y Evita despertaban la ovación espontánea. Moyano debía repetirlas una y otra vez como remates de un chiste que no se entiende. Triste chiste.
Los parches no paraban de batir, pero Moyano comprendió que ya no daba para más, o que ya daba lo mismo. Probó algunas últimas frases de efecto, la inflación, la inseguridad, pero los parches no alteraban su batir. Parecían en automático.
Cualquiera sabe que ayer allí Moyano, frente a esa multitud ausente, comprendió él también el precio de ser Clarín, de haber creído que era gratis ningunear la voluntad del último electorado. Y no.
Ayer, con el apoyo del mismo radicalismo que hace once exactos años desataba el caos y asesinaba 35 personas; con el apoyo del trotskismo iluminado, de los vestigios del duhaldismo, de los sectores más rabiosos del Pro, del heterodoxo Luis Barrionuevo,  y del poderoso Grupo Clarín; ayer no juntó más gente de la que junta un clásico habitual entre Lanús y Banfield.
Son lamentables, desde las incomodidades tranviarias que provocan, hasta los obstáculos que siembran en un proceso de inclusión y crecimiento como ellos todos juntos ni solos consiguieron jamás. Son lamentables, sí. Ellos, en sí mismos, son lamentables.
Pero tampoco importan. Unos con otros se neutralizan apenas aliarse, como anticuerpos y bacterias que así se tocan se eliminan.
Una de las crónicas de hoy narraba qué chochos quedaron los grupos de izquierda cuando desde los altoparlantes los despedían con la marcha peronista.
¿La habrán coreado los muchachos del Pro?
¿Vilma Ripoll a dúo con Barrionuevo?
¿Moyano a solas con Magnetto, los dos tristes, solitarios… finales?
Ayer, ruidosos pero imperceptibles, unidos por el espanto, sin ningún amor, convergieron hacia su propio vacío los representantes finales de un país terminado hace once años.
La izquierda intransigente, históricamente inútil, aunque funcional otra vez a los sectores más reaccionarios.
Las sobras de un peronismo, que lejos de ser inútil, sirvió a quien no debía.
Los miserables de siempre que esperaban otra suerte personal en el esquema de poder, y ahora niegan la causa de todos por el pedacito de ellos.
Los remanentes de una cúpula sindical dispuesta a resucitar al enemigo con tal de seguir peleando.
Los remanentes de una cúpula sindical que siempre fue el enemigo.
Los escombros del radicalismo, y Ricardito Alfonsín, como el hijo de Porcel, reclamando una gloria que nadie le reconoce.
Y entre todos ninguna propuesta.
Un ramillete de quejas arrancadas a Clarín, y los bombos.
Ayer allí estaban todos y no eran muchos ni ofrecían nada.
Pero representaban inobjetables a ese país que así se va, quejoso aunque festivo, inoperante pero estruendoso, individualista, hipócrita, abrazado a Clarín como a un tronco petrificado, rumbo al ayer que los parió.


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