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miércoles, 20 de junio de 2012

"Banderas en los balcones": el prólogo de Federico Lorenz...




Con prólogo de Federico Lorenz, tapa de Marcelo Pais, índice activo, y revisada por su autor, Ediciones del Martiyo acaba de lanzar al mercado global la edición digital de la novela Banderas en los balcones, de Daniel Ares, publicada por primera vez en 1994, en Buenos Aires, por Ediciones de la Flor.
Más allá de sus valores literarios, sobre los cuales sólo el Tiempo -juez de jueces-, dará su veredicto final, Bamderas en los balcones es una novela, pero también una crónica, una ficción realista, y por ello un fresco del tamaño de un mural, que nos pinta exhaustivo, entre horrores y detalles, aquellos 75 días de fuego y de locura.
Mucho de esto nos advierte en su prólogo Federico Lorenz, historiador, investigador, y autor, entre otros libros, de Las guerras por Malvinas, Los zapatos de Carlito, Fantasmas de Malvinas; y que acaba de publicar bajo el sello Tusquets, su novela Montoneros o la ballena blanca.
En exclusiva para El Martiyo, reproducimos su prólogo completo, y agradecemos públicamente su colaboración.



LA GUERRA,
LA RISA
Y LA VERGÜENZA


Van a leer un texto de esos que resiste al tiempo, porque el autor ha logrado amansarlo y atarlo a las palabras hasta volverlo un instrumento de su escritura. Por eso mismo, también, padece la injusticia de no ser uno de esos libros a los que automáticamente nos remitimos cuando pensamos en la guerra de Malvinas. Adelantamos, claro, que para nosotros, honrados en prologarlo, esto debería ser así. Pero justamente por eso, por su capacidad de apropiarse de un clima de época y no solo reflejarlo, sino permitirnos volver a él, puede o no tener contextos favorables para su circulación y lectura. Y pasó que Banderas en los balcones fue publicado en 1994, en una época en la que un clima de hastío e indiferencia hacia el pasado potenció el repliegue individual y el egoísmo desaprensivo que también caracterizó a esa década. Y por eso tal vez su principal mérito haya sido la clave de su desdicha: el texto de Ares invita, más bien, a un ejercicio honesto (tal vez demasiado) de introspección, a reírnos y también a avergonzarnos de nosotros mismos. Banderas en los balcones potencia la posibilidad de introspección que surge cada vez que Malvinas está de por medio (entendiendo por “Malvinas” la sinonimia con la guerra grabada a fuego en la memoria, y no imágenes más amables de ese hermosísimo escenario austral).
La novela de Ares incomoda porque muestra la complejidad de un tema del que sobre todo los porteños se desprendieron con mucha ligereza, o simplificaron hasta volverlo irreconocible para poder (con) vivir con él: la forma en la que la guerra incidió en la Argentina militarizada de 1982, la adhesión popular, muchas veces irreflexiva e ingenua a la guerra, el súbito florecimiento de especialistas en defensa y geopolítica tan distinto de la vida cotidiana de los soldados en las islas, sí, pero también de otros miles de argentinos que “no vivieron la guerra por TV”.
Para hacerlo, la perspectiva es la de un joven corresponsal enviado al Sur argentino a cubrir un conflicto que se desarrolla al ritmo de los rumores, de las operaciones por parte de las autoridades militares, y de la audacia y la picardía profesional de un puñado de corresponsales –Ares uno de ellos- que ven pasar sus días en Tierra del Fuego, ese lugar tocado por la guerra en 1982 y que ya había estado tan cerca de ella en 1978. Es ese uno de los más importantes logros del libro: romper ese sentido común que instala la guerra como algo vivido solamente en las islas, y que una vez terminada la batalla se puede apagar como una radio o una tele. Mecanismo social que entre otras cosas sepultó en la memoria individual a los soldados y sus familias. 
Esa idea estalla en Banderas. Ares pone en carne y hueso el dicho popular de que “la guerra se vivió del Colorado para abajo”. Por el libro desfilan hoteleros, empleados de Vialidad Nacional, prostitutas, civiles que viven en una isla militarizada. Ares nos cuenta cómo fueron esas vivencias desde el asombro del joven reportero porteño que se encuentra con una realidad completamente distinta a unas pocas horas de vuelo, en un escenario donde la valoración de las fuerzas armadas es distinta a la que él experimenta, sencillamente porque “no existiría ese lugar” si no fuera por ellas. Y eso, que en la isla es una realidad palpable, arroja la incomodidad de pensar esa misma presencia, esa misma imprescindibilidad en toda la sociedad, la del Sur, y “la del Norte”, como dicen los fueguinos.
Tal vez donde más se note la sorpresa ante esa constatación es en los párrafos que el autor dedica a los pilotos de combate, a quienes pinta como militares serios, que maduran de golpe y que comen con la certeza de que acaso sea la última vez. La descripción de la forma en que la mesa de esos pilotos se reduce mientras la guerra avanza, es austera y por eso mismo emocionante. Malvinas porta también esa contradicción muy probablemente insalvable: que del descalabro producido por la Junta Militar aparecen gestos heroicos y de entrega como los que nos acompañaron hasta no hace mucho en las escuelas, en los actos y en las revistas infantiles.
En ese territorio de frontera que era Tierra del Fuego durante la guerra (y que continúa siendo hoy de otras formas), nos asomamos a un magma en el que represores hablan impunemente de sus crímenes, pilotos audaces emprenden su última misión y la vida y la muerte se trafican congeladas en fotografías como las ARA Belgrano. El carácter de frontera expone al aire libre lo que en las ciudades grandes aparece solapado: así como la guerra se revela en su brutalidad, podríamos decir, mientras más nos acercamos a ella más se diluyen las barreras del miedo, de los silencios y de la represión para ver lo que somos. Y Río Grande y Ushuaia, donde Ares pasó buena parte de aquellos meses, están muy cerca de Malvinas.
Nos dice el autor, en las últimas líneas del libro: “No sólo la victoria es de los otros. Ya ni siquiera la derrota nos pertenece”. En la desazón expresada en estas palabras, que es la del fracaso y la pérdida de las islas, pero también la de un país que se abría a conocer los años de la dictadura, están tanto la importancia de Banderas como la demanda del presente. “Recuperar” la derrota, por supuesto, no es recuperar las islas; sí, en cambio, un momento de nuestra historia particularmente contradictoria y dolorosoa, para el que la novela de Daniel Ares no ofrece respuestas, pero sí en cambio una multitud de entradas, todas desafiantes.


Federico Lorenz
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