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martes, 9 de abril de 2013

CLARÍN VS LA CAMPORA. Actor invitado. Juan Miceli, como Clark Kent...



Clarín hace de la realidad una ficción según la cual un reducido grupo de personas, apoderadas del gobierno con malas artes –una dictadura, bah-, lo persigue sin tregua. Clarín es el bueno, el muchachito. Defiende la libertad de expresión, la justicia, y enfrenta, en defensa de todos, al Mal.
El Mal, como en las historietas de la infancia, es algo así como un espíritu diabólico que se manifiesta en distintos monstruos, y por eso cada episodio tiene su villano invitado: Cristina, por supuesto, cuando no Moreno, Boudou, ayer Moyano, a veces D´Elía… 
En el capítulo de esta semana le tocó a La Campora, con la participación especial de Juan Miceli, como el boludo de Clark Kent.


 LA BOCA DEL BOBO




“A ciertos niveles, la estupidez es una tración”.
Friedrich Nietzche.


La legión de superhéroes del Grupo Clarín –Cleto Cobos, la Carrió, la Bullrich, Lanata, Shocklender, etc- suelen cumplir arriesgadas misiones en su lucha por el bien (de ellos). No siempre triunfan, claro (más bien casi nunca), antes o después la kriptonita de la verdad los desmiente y elimina (¡cómo olvidar la espectacular misión de Superlanata en Venezuela, o todas las predicciones sobre la catástrofe electoral que sufriría CFK en 2011), pero nada de eso los detiene, y ellos siguen su lucha mentira tras mentira…
Hace poco le hicieron repetir al inexplicable público que todavía les queda, que “¡14 veces Bergoglio le había pedido audiencia a Cristina, y ésta nunca lo había recibido!”… ¡14 veces!, repetían y repetían indignados y automáticos…
Cuando el propio Episcopado informó que sólo dos veces Bergoglio había pedido audiencia con la presidenta, y que las dos veces le había sido concedida, Clarín y La Nazión no indemnizaron a ninguno de sus lectores por hacerles decir boludeces durante casi quince días. Ni un ejemplar gratis, les dieron. La Nazión, incluso, hecho un furia, se llevó puesto al propio Episcopado, sugiriendo que la aclaración era producto de presiones oficiales. O sea: ustedes también son una mierda
Esta semana el villano invitado es La Campora, con especial atención a su líder el diputado Andrés Larroque, el Cuervo. (El casting parece de la Warner, sí).
El episodio comienza cuando un periodista sin demasiadas luces –con cara de Clark Kent, pero que no es Superman-, en medio de la tragedia por las inundaciones, en pleno despliegue solidario, entrevista al aire para la TV Pública, al temible Cuervo –que a la sazón allí estaba con los inundados, no en un estudio- y se atreve, osado, a preguntarle por la pechera de los que dan. El terrible Cuervo, lo invita a dar, pero el pobre Clark Kent huye despavorido ante semejante proposición, y se refugia en los brazos de su viejo amigo el espantoso doctor Nélson Castro.
A partir de ahí, en un país sumido en el desastre de inundaciones inéditas, sus principales medios se diluyen en una discusión fundamental: ¿pecheras sí, o no?...
La única razón para que estos pocos segundos de televisión hayan alcanzado nivel de polémica nacional, la dimos en nuestro post Las marcas del agua. En resumen, sosteníamos allí, como no tienen nada que decir, dicen estas boludeces.
Pero como la cosa no paró, nos vimos tentados a dar nuestra opinión profesional.
La pregunta de Juan Miceli, periodísticamente, fue innecesaria, inoportuna, e inconducente.
Desde los voluntarios de Cáritas a los de La Cruz Roja utilizan pecheras, así como uniformes todos los ejércitos del mundo -y camisetas los equipos de fútbol-, porque en los movimientos colectivos de gran despliegue en grandes espacios, los ojos sirven para identificarse, y así organizarse. Claro. En tal caso la pregunta revela una ignorancia de Miceli, por eso para él, sobre todo, fue innecesaria.
Inoportuna, también, porque por mucha cara de Clark Kent que ahora ponga Miceli, fue una pregunta estrictamente política. Era el momento de ayudar, no de polemizar o discutir quién ayudaba.
Con esto no queremos decir que haya sido premeditada, la pregunta de Miceli. Es más, nos inclinamos a pensar que él ni siquiera pensó lo que decía. Nadie está libre de ser un pelotudo.
Pero dicho lo dicho, ya no había un metro para atrás, y allá fue.
Ex hombre del Grupo, lo primero que hizo fue correr a los brazos de Nelson Castro, como quien vuelve vencido a la casita de los viejos…
Los de 678 le dieron con lo que tenían a mano acaso enfurecidos porque a ciertos niveles la estupidez es una traición. 
En su cuarto de hora inesperado, Miceli alcanza la tapa de Clarín, ¡es noticia!... Desde allí llora porque lo atacan, insiste con su profesionalismo (no entendemos por qué), y se confiesa: “Yo no pertenezco al Grupo Clarín, yo estoy solo en todo esto”, dice desde Clarín.
Pero nosotros le creemos. O al menos lo entendemos.
Son momentos muy delicados del país. La Argentina pelea por fin por completar el proceso de independencia nacional comenzado en 1810. Muchos piensan que aquí se discuten restricciones cambiarias, el precio del subte, o las redes pluviales. Pero más allá de la coyuntura, la jugada es inmensa y muy compleja, y muchos –sobre todo aquellos formateados por Clarín- no alcanzan a comprenderlo, y sin saber lo que hacen, atacan al que da, y así resultan funcionales con el que nunca dio.
No son culpables, pero eso tampoco los vuelve inocentes.
Son tiempos delicados.


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