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viernes, 23 de noviembre de 2012

MEMORIAS DE UN MERCENARIO - HOY: "Pequeñas alegrías de un oficio rudo"

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“El periodismo es un negocio de extorsión, la prensa libre no existe, y estamos todos rodeados”; fue dicho en el post del 10/11/08, Una puta inmaculada, que sirve de introducción a esta sección, y donde a la vez anunciábamos estos rápidos relatos destinados a refrendar con hechos las palabras, porque una buena historia vale más que mil imágenes.
El autor se retiró de lo que ha dado en llamar "el periodismo industrial" no arrepentido, pero si medio asqueado, al cabo de 25 años de oficio.
De su experiencia, estos recuerdos.

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El Martiyo Producciones presenta…


"Memorias de un mercenario"
 




“Los mercenarios que he tratado, y con quienes a veces he compartido la vida, combaten de los veinte a los treinta años para rehacer el mundo. Hasta los cuarenta, se baten por sus sueños y por esa idea que de sí mismo se han inventado. Después, si no han dejado la piel en la batalla, se resignan a vivir como todo el mundo –a vivir mal, porque no cobran ningún retiro- y mueren en su lecho de una congestión o de una cirrosis hepática. El dinero nunca les interesa, la gloria rara vez, y se preocupan muy poco de la opinión que merecen a sus contemporáneos. En esto es en lo que se distinguen de los demás hombres”.

Jean Lartéguy 

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Hoy: "Pequeñas alegrias de un oficio rudo"


El mundo es un pañuelo y la farándula un moco.
Estamos ahora en el invierno de 1991. Pocos meses antes yo trabajaba para la revista Noticias de Perfil, y cubría el caso María Soledad en Catamarca, donde la estrella de la hora, ungida por Carlos Menem, era el comisario Luis Abelardo Patti.
Procesado ya entonces por apremios ilegales, el presidente de la nación le encomendaba sin embargo el caso María Soledad Morales, cuyas intrigas y sospechas sublevaban esa provincia mientras indignaban a todo el país.
Como era de esperar, Patti llegó a Catamarca seguido por todas las cámaras y los micrófonos argentinos, con su público detrás, sedientos de sangre todos, y entre todos, yo.
No voy a extenderme sobre el caso, ya lo referí en el episodio Mea Culpa. Lo que ahora importa es que allí conocí y descubrí al ya terrible comisario Patti, torturador y asesino, y pronto advertí en él esa profunda debilidad, que con algunos colegas, para divertirnos, agrupábamos en lo que secretamente llamábamos el C.A.F., Club Amigos del Flash. Lo desarmaba la fama. La propia, pero también la ajena.
Encantado por su nuevo perfil de policía popular, codiciado de pronto por la prensa, cholulo de alma, se entregaba a nosotros como una modelo en pleno ascenso que no se niega a nada. Y nosotros simulábamos gratitud y lealtad en busca de más información, de alguna exlusiva, de un dato que el otro no tuviera, en fin...
Para que a nadie le faltara lo que teníamos todos, pronto policías y periodistas nos movíamos juntos, sin despegarnos: comíamos juntos, y hasta compartíamos los días libres con asados los domingos. Patti parecía descubrir el flower power.
Suelto de boca en una sobremesa de esas –y tengo testigos- yo mismo se lo advertí no sé por qué:
– No te engañes... los periodistas somos como ustedes. Cualquiera de los que hoy come acá con vos, mañana te manda preso sin ninguna culpa… Incluso yo, que te lo estoy diciendo... –y todos nos reímos como si fuera un chiste.
Pero no lo era.
Apenas unos meses después yo ya estaba en otra revista y otra editorial –Tele clic, de Atlántida-, y haciendo otra cosa: espectáculos, no policiales.
Sin embargo, como ya expliqué en el episodio titulado Sangre, sudor y lucro: indiferente al alma del hombre que interviene, el cirujano no varía sus técnicas. Allí tiene un corazón, y hay que abrirlo.
Policiales o espectáculos, para un periodista industrial, la cuestión será siempre vender más ejemplares, y el escándalo, para eso, es el pan fresco de cada día.
Y allí Patti me regaló uno que ardió durante meses.
Por eso les decía que el mundo es un pañuelo, pero la farandula un moco.
Pese a su final sin pena ni gloria en el caso María Soledad, la fama de Patti crecía y se desplegaba. De las páginas de policiales, pasaba ya a las del corazón.
Trastornado por los medios, descubrió que no sólo proyectaba una imagen de hombre recto –o rígido-, sino que también había en él algo sexy, y cholulo como era, ya mezclado en el “ambiente” de tanto frecuentar canales, y aunque casado y con tres hijos, allí va y se envuelve en un romance con Liliana Caldini, exmodelo y exesposa de Cacho Fontana, y por aquellos días conductora de un programa en los mediodías de ATC.
El romance, por supuesto, era secreto, y por lo tanto, muy comentado, así que esa semana, en la tapa de la revista Gente, presionado por su esposa, Patti lo negaba todo en forma pública, y chau. “Entre Liliana Caldini y yo, no hay nada”, supuso concluír el comisario.
Pero Liliana Caldini estalló de rabia.
Apenas vio la revista la llamó a su amiga Marcela Tauro –a la sazón redactora de Tele clic-, y le contó, sin vueltas ni eufemismos, todo. Cuánto hacía que salían, que ya conocía a sus hijas, y hasta las promesas de abandonar a su esposa que el recto comisario le había hecho.  
Para colmo Marcela Tauro –como todo periodista argentino de la hora-, pocos meses antes, para la revista Gente, también había estado en Catamarca; y como todo periodista allí, también se había hecho amiga de Patti, así que Patti, el Columbo argentino, esa mañana misma, también la llamó a Marcela Tauro para contarle, o más bien, para pedirle que intercediera ante “Liliana” porque él “no quería perderla”.
Y claro, como allí yo era el jefe, Marcela, muy bien, vino y me lo contó a mí.
Encima me dijo que “Liliana” estaba “dispuesta a todo”.
-- ¿Qué hacemos? - me preguntó Marcela.
En pocos minutos montamos la emboscada.
Marcela debía llamarlos a ambos y arreglarles un encuentro secreto que Liliana sólo aceptaría si fuera ella, Marcela, la mediadora presente.
Patti aceptó.
La cita fue en la Avenida Figueroa Alcorta frente al canal ATC.
Patti apareció en su coche particular ¡pero de uniforme! -como si se lo hubiéramos pedido-, acompañado por Marcela Tauro, quien allí, una vez estacionados, cruzó hasta el canal para buscar a Liliana (Caldini).
Minutos después, juntas las dos, volvieron al auto. Marcela entró atrás, Liliana Caldini en el asiento del acompañante, y conversó algunas pocas palabras con Patti, cuando por fin se besaron, y entonces, ahí, desde atrás de un árbol, surgió la Negra Mariza Márquez, fotógrafa de combate, disparando a repetición.
Fueron tapa, claro.
Y no sólo de Tele clic. Ja.
Todos los diarios levantaron la noticia y esa foto. El tema se incendió  por las radios y no sólo alcanzó la televisón, sino también sus noticieros. La pequeña revista dedicada a la farándula y la tele, se imponía a nivel nacional.
Antes de aquél cierre, cómo olvidarlo, Patti vino a verme personalmente a la redacción. Lo atendí, claro. Tal vez soñaba con parar la nota, me pareció, no llegó a pedírmelo. Antes le recordé aquél almuerzo en Catamarca, y mi advertencia.
-- Mirá al final quién te encanó: yo.
Sonrió. Vencido pero famoso, no dijo nada y se fue.
Aquella edición nos permitió dar un salto de varios miles de ejemplares, y a mí el gusto personal de mandar preso un comisario..
Pequeñas alegrías de un oficio rudo.


(continuará)...


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