////// Año VIIIº /// Editor Anónimo: Daniel Ares /// "Y tú... ¿eres arquitecto, o escombros?", Louis Ferdinand Céline ///

viernes, 10 de junio de 2011

CFK: UNA MUJER SIN IMPORTANCIA



A propósito de nada puntual, y sin necesidad de ninguna otra justificación más que la confesión que lo concluye, vaya este post ahora sobre algo que pensamos cada vez más a propósito de Cristina Fernández de Kirchner, no la presidenta de los argentinos, sino la otra, la que cada noche sola…

UNA MUJER SIN IMPORTANCIA



Hay en esa mujer -que carga una tristeza colosal y un país entero-, que dirige el gobierno de una nación con su universo de hombres y mujeres y ambiciones y codicias; que enfrenta enemigos de monstruosas dimensiones, monopólicos y multinacionales, hay una templanza –de acción y pensamiento-, una sobriedad –en el vestir y en el dolor-, y por lo tanto una fuerza –en esa tristeza, en esa templanza y en esa sobriedad-, que explican el respeto que el tiempo le concede y que hoy registran las encuestas conforme se extiende en el corazón de su pueblo.
Gustaríamos arrastrar al lector a un ejercicio de alta imaginación, ponerse, por un minuto al menos, en su exacto lugar. Es imposible, su lugar es único, acaso inédito en la historia.
Se han visto viudas repentinas de un marido amado rotas por dentro pero sin tiempo para sufrir acosadas por una herencia fabulosa de complicaciones y pujas y necesidades ajenas; se han visto, sí, a nivel empresarial, quizá... Pero nada como ella, que se quedó con un país entero dispuesto a seguirla o derrotarla, pero con los ojos fijos, todos, en ella.
Se dirá entonces que la tormenta de los días y los hechos no deja lugar para el lamento, que la misma ola de la historia que la eleva, la mantiene enhiesta y le da su empuje; pero qué sabe nadie… Nadie sabe nada de ese instante último, cuando cada noche, al final de cada día, por fin en su cuarto, del todo sola, sólo la espera esa tristeza inmensa y ese país entero que no deja de latir en su cabeza…
Mucho nos gustaría arrastrarnos todos con el lector hasta ese Himalaya de la imaginación, y ponerse -por un segundo bastaría-, en su exactísimo su lugar… la vida rota de repente, y ese país ahí… con los ojos fijos, igual que el mundo… y sus hijos tan jóvenes y ya sin padre, y los poderosos buitres de la oposición con la servilleta puesta… y su marido amado con el que ayer nomás reía, de pronto ahí adentro, mientras Mirtha Legrand nos duda del cajón y del cadáver…  
¿Alguien alguna vez pasó por eso, por un delirio de angustia sin rincón?... ¿Alguien alguna vez, en su mayor suplicio, fue también la mayor esperanza y el mayor enemigo?... ¿Alguien alguna vez cargó su martirio y al mismo tiempo resolvió el ajeno?...   ¿Alguien, al menos por un segundo cuando la nombra, recuerda que esa mujer es en esencia una mujer que acaba de quedarse sola y no quería?...
Abolido su ser individual por la proyección colectiva, ahora esa mujer no nos importa.
Ni a los unos ni a los otros, ni a los suyos, ni a sus enemigos.
Queremos que siga, queremos que se vaya…
El alcance del rayo que fue la muerte fulminante de su esposo, ella y sus dioses nada más lo conocen, ningún otro mortal.
Ni siquiera la historia lo podrá medir jamás.
Lo historia nada más recordará que esa mujer, ya sola y rota, no dejó de trabajar a través del oprobio y la vulgaridad de un odio moribundo; que a pesar de su pesar se levantó cada mañana para transformar su país, para pelear y derrotar a los enemigos congénitos de la Argentina; que rescató de la pobreza toda la gente que pudo, y que fue mucha; que en plena crisis mundial, y mientras se derrumbaban los gigantes de occidente, ella nos mantuvo protegidos y creciendo; que practicó la justicia social allí donde otros ejercían la represión, que todo lo que buscaba era un modelo de país que no dejara afuera a nadie; que la verdad de su realidad convenció o venció a sus adversarios, la historia nada más recordará esas cosas, lo que pueda medir, mensurar, no su pena, su oculta tristeza inmensa, la soledad de su desolación, que a veces parece, misterio de su suerte, la fuerza de su destino.
Sobra decirlo, pero nos place: El Martiyo -con su extenso y confeso pasado en el periodismo industrial, vacunado por lo tanto y hace mucho contra toda ilusión (comenzando por el ser humano)-, admira severamente a esa mujer, y nos importa.
Pero igual queremos que siga.



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