////// Año VIIIº /// Editor Anónimo: Daniel Ares /// "Y tú... ¿eres arquitecto, o escombros?", Louis Ferdinand Céline ///

martes, 7 de junio de 2011

MEMORIAS DE UN MERCENARIO. HOY (en el día del periodista): "Un hombre desesperado".



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El periodismo es un negocio de extorsión, la prensa libre no existe, y estamos todos rodeados”; fue dicho en el post del 10/11, Una puta inmaculada, que sirve de introducción a esta sección, y donde a la vez anunciábamos estos rápidos relatos destinados a refrendar con hechos las palabras, porque una buena historia vale más que mil imágenes. El autor se retiró de lo que gusta llamar "el periodismo industrial", no arrepentido, pero si medio asqueado, al cabo de 25 años de oficio.
De su experiencia, estos recuerdos.



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El Martiyo Producciones presenta…


"Memorias de un mercenario"
 




“Los mercenarios que he tratado, y con quienes a veces he compartido la vida, combaten de los veinte a los treinta años para rehacer el mundo. Hasta los cuarenta, se baten por sus sueños y por esa idea que de sí mismo se han inventado. Después, si no han dejado la piel en la batalla, se resignan a vivir como todo el mundo –a vivir mal, porque no cobran ningún retiro- y mueren en su lecho de una congestión o de una cirrosis hepática. El dinero nunca les interesa, la gloria rara vez, y se preocupan muy poco de la opinión que merecen a sus contemporáneos. En esto es en lo que se distinguen de los demás hombres”.

Jean Lartéguy 

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Hoy: "Un hombre desesperado"

 

“Traicionar se dice pronto…
 pero hay que encontrar la ocasión”.
L. F. Céline


En periodismo es el escándalo la sal de la tierra. El escándalo conlleva la sorpresa y desata el debate, su onda expansiva avanza según su fuerza, y así en la polémica, el hecho, la noticia –y por lo tanto el medio que la maneja- alcanzan cada vez mayor difusión, es decir: publicidad gratis, que se traduce en ventas, lo cual a su vez –aunque no siempre- puede mejorar la paga del soldado.
Porque nunca falta un nuevo lector siempre bienvenido, es bueno recordar que escribo estas memorias no sólo para demostrar con hechos lo que arriba digo, sino también para alumbrar al joven que quiere ganarse la vida en este oficio, y evitarle -o por lo menos avisarle- las torpezas y los desencantos -cuando no los desastres- que producen en el frente de batalla las boludeces aprendidas en las aulas… Y en caso de no ser dinero lo que el aspirante busca, entonces hemos de recodarle que desde que se inventó la web, no hace falta un medio ajeno para ejercer el periodismo de manera pública, con absoluta libertad, y para mejor, con alcance mundial.
Pero descuento que a esta altura, el aprendiz que siguió con atención estas sinceras memorias de un auténtico exmercenario, sabe que en las redacciones de verdad, no son bienvenidos los idealistas. Exigen demasiadas explicaciones, y eso siempre retrasa el cierre... cuando la única verdad es el taller, que imprime o mata.
Revisados estos conceptos y principios, vuelvo a la lucha, su victoria o su derrota.
En el episodio anterior, Las mieles de la victoria, habíamos quedado en la derrota. Tele clic, aquél semanario de pronto en mis manos, se iba a pique. No era mi culpa, pero yo no sólo estaba de pronto al mando, sino todavía a bordo. Y atento a mis antecedentes (Ver No odies a tu enemigo, contrátalo), Atlantida, no se había animado a contratarme en firme, y me mantenía con el frágil estatus de colaborador. Pero de hecho no sólo estaba a bordo, sino ahora, también al mando.
La derrota siempre es dura, sí, pero está llena de oportunidades. Como la revista se hundía, Constancio Vigil, su dueño, se fue de viaje a Miami, tal vez a llorar lejos -por primera vez el rey midas de Atlántida, cuyos productos siempre eran un éxito, ahora mordía el polvo del fracaso-, pero antes de partir, perdidos por perdidos, nos dejó una consigna tan imprecisa como promisoria:
-- Hagan lo que puedan.
Tele clic había sido inventada para apoyar, difundir y defender al canal Telefé que Atlántica acababa de adquirir, sí… pero los muertos no atacan ni se defienden, y Tele clic se moría. En otras palabras: ya a nadie le importaba nuestra suerte… Constancio se iba y nos daba absoluta libertad a manera de extramaunción, y Telefé ya nos miraba como mira un elefante una hoja en la en la tormenta…
Perdidos por perdidos, decidí atacar. A Telefé y a todos. Hasta entonces las revistas de televisión vivían de exaltar sus figuras, sus periodistas en general eran amigos de los "famosos" que ellos llamaban "artistas" y apenas un divorcio más, otro romance, una pelea, les daban cada tanto un pico de ventas… Nosotros salimos a pegarles a todos donde más les dolía, cuestionamos sus trabajos, la valía real de sus celebridades vacías, la vigencia de algunos “eternos” ya perimidos; inspirados más en el Satiricón de los 70 que en la Radiolandia de los 60, pero decididos a ser los 90, ordené la iconoclacia y empezamos a escupir las imágenes sagradas: Mirtha Legrand, Lucho Aviles, Alejandro Romay y su Susana Giménez -entonces estrella de Canal 9-, y otros que ahora no recuerdo, porque de verdad terminaron entonces. Por supuesto debíamos cuidarnos con Telefé, pero al principio importábamos tan poco, que parecíamos libres…
El caso es que antes de lo esperado todos los aludidos comenzaron a respondernos, y por lo tanto, a mencionarnos. A la postura pendenciera le dimos un tono coloquial y un lenguaje moderno, y no reprimimos el humor sin provocarlo tampoco. Teníamos “gracia”.
Las ventas subían semana a semana, y Tele clic se convertía en el boom de los kioscos.
Sentí que era la hora de meter un buen golpe, un buen escándalo. Y hubo suerte.
Pocos meses antes Jorge Cacho Fontana, el histórico locutor de las madres y las novias, había vivido un patético episodio de violencia doméstica, azotando a una chica, mucho más joven que él, de oficio desconocido, ella, y que él llevaba largo tiempo presentando públicamente como su novia. La chica, de nombre Marcela Tiraboschi (aunque usted no lo crea), salió a gritar por cuanto micrófono le abrieran que Fontana era un golpeador, y, oh, ¡un drogadicto que tomaba cocaína!.
Cocaína.
Fontana.
Cacho.
Era 1991. La noticia se incendió con él adentro.
En cuanto pudo librarse de la prensa, Fontana desapareció de todos los lugares que solía frecuentar, incluso tuvo un intento de suicidio en Bariloche -del que lo rescató Tito Lectoure-, y luego pasó al ostracismo, volvió a la casa de los viejos, se encerró junto a su madre, y nadie nunca supo más nada de él... y si alguien, algún medio, algún periodista sabía algo, lo callaba, lo protegía.
Hasta que alguien nos acercó la información casi como un chisme, más o menos así:
-- Parece que Fontana tuvo una parálisis facial, y anda sin un mango, vive con la vieja en un departamento de la calle Entre Ríos, y todos los días cena solo en el Chiessa.
El Chiessa era un restorante de la calle Entre Ríos, ya no existe, pero entonces era buen lugar, yo solía frecuentarlo, tradicional, sencillo y muy reservado.
La información podía ser falsa, no estaba chequeada. Pero en tal caso, para chequearla, no debíamos invertir más que un novato de guardia frente al Chiessa por el resto de su vida… y si algo sobraba en Tele clic, eran novatos.
Mandamos uno con su correspondiente fotógrafo y sus ordenes expresas:
-- No te muevas de allí hasta que no lo caces a Fontana.
Y lo preparamos mentalmente para una vida allí, por la calle Entre Ríos, entre el Chiessa y la casa de la madre de Fontana como su nuevo solo mundo.
A las dos horas sin embargo, el novísimo novato ya estaba de vuelta.
Antes de ser ejecutado de manera sumaria logró explicarme con toda calma y sin ninguna emoción –con absoluta inconciencia-, que casualmente se había encontrado con Fontana comprando una revista en un kiosco frente a la dirección que le habíamos dado, que efectivamente no se lo veía muy bien, que tenía un ojo medio cerrado y que hablaba con dificultad, pero que no quiso fotos, que apenas le pudieron sacar una sola, cuando ya Fontana le pidió por favor que le pidiera a su jefe que no publicara nada de nada, que antes lo llamara por teléfono.
-- Quiere hablar con vos.  
Me dijo aquél buen novato y allí me entregó el teléfono de uno de los hombres más buscados de la hora.
Lo llamé. Fontana atendió falseando la voz, hasta que le dije quién era. De allí en más fue un largo monólogo suyo como un lamento interminable inventariando todas sus desgracias, la parálisis en la cara su madre ciega, la causa penal que le seguían por agresiones, la posibilidad de la cárcel, la falta de trabajo, el dinero que se acaba, el oprobio, la vergüenza, sus hijas…
Yo apuntalaba la autoentrevista con un “ajá” y un “claro claro” cada tanto, mientras tomaba nota de todo, y otro como yo, en otro teléfono, calladamente, grababa lo que a mí se me escapaba.
Era una confesión explosiva.
El ocaso de un gigante en voz del propio gigante, y en primicia absoluta.
Gente, Noticias, Clarín, la tele, cualquier medio pagaría fortunas por ese material.  
Fontana me pedía por sus hijas que yo no publicara nada. Ni una palabra de todo lo que me decía. A cambio me prometía el primer reportaje en exclusiva una vez que su causa tuviera sentencia en firme...
-- Entienda que cualquier cosa que diga ahora, puede perjudicarme y mucho…
También yo le  pedí que él entendiera como profesional lo que tenía en mis manos. Y él decía entenderme, pero insistía. Y me pedía por sus hijas una y otra vez. Parecía un hombre desesperado. Recordé que había tenido un intento de suicidio.
Cuando vi que ya no me diría más nada porque ya me lo había dicho todo, le prometí que no publicaría ni una línea, y cortamos.
Por supuesto lo traicioné sin dudarlo. En tapa fue apenas la única foto que le pudimos sacar, pero adentro todo lo que me dijo. No traicionarlo hubiese sido traicionarme.
Pero en la misma nota admitía mi traición, y para mitigar el golpe, le di la forma, el tono y el título de una “Carta abierta a un grande”,  y convertí su dolor en un largo elogio y en un canto de esperanzas; delaté su presente, sí, pero subestimé su desastre desde la perspectiva de su brillante pasado, confiando así en un seguro porvenir mejor...   
La revista cerraba los jueves, se imprimía los viernes, y entre sábado y domingo llegaba todos los kioscos del país.
Ese viernes, recuerdo -pero no recuerdo por qué-, cené con una amiga en el Chiessa, y allí estaba Fontana, en otra mesa, solo, de espaldas a la puerta, ajeno a los talleres donde a esa hora se imprimía mi tración, y ajeno al hombre que lo había traicionado, y que allí tan cerca lo miraba ahora… Recordé su intento de suicidio, y sentí como pocas veces el vértigo del poder de fuego de mi oficio.  
El número estalló en los kioscos y todos los diarios, la tele y las radios, levantaron la noticia, y hablaron de Fontana y de Tele clic durante toda la semana, multiplicando así las ventas y los comentarios, y tal y tal... Un golazo. 
Pero yo -sin decirle a nadie- temí todo el domingo y todo la mañana del lunes la noticia del suicidio de Fontana... y recién cuando en su programa de los mediodías en ATC, la madre de sus hijas, Liliana Caldini, en nombre de sus hijas, le agradecía a Tele clic por el homenaje a Cacho… recién entonces festejé la victoria como corresponde…
Porque eso sí: por más que todo parezca un juego de metáforas, la batalla, el frente, el mercenario, y mis etcéteras, en este juego se juega de verdad con la vida de los otros… Eso el novato no debe olvidarlo nunca, ni pensarlo tampoco demasiado... o como decíamos de arranque: o mejor olvidarse de lucrar con este oficio.

(continuará)

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