////// Año VIIIº /// Editor Anónimo: Daniel Ares /// "Y tú... ¿eres arquitecto, o escombros?", Louis Ferdinand Céline ///

sábado, 2 de abril de 2011

"MEMORIAS DE UN MERCENARIO". Hoy: "¡VIVA LA GUERRA!"... (Recuerdo de Las Malvinas...)




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El periodismo es un negocio de extorsión, la prensa libre no existe, y estamos todos rodeados”; fue dicho en el post del 10/11, Una puta inmaculada, que sirve de introducción a esta sección, y donde a la vez anunciábamos estos rápidos relatos destinados a refrendar con hechos las palabras, porque una buena historia vale más que mil imágenes. El autor se retiró de lo que gusta llamar "el periodismo industrial", no arrepentido, pero si exhausto, al cabo de 25 años de oficio.
De su experiencia, estos recuerdos.



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El Martiyo Producciones presenta…


"Memorias de un mercenario"
 




“Los mercenarios que he tratado, y con quienes a veces he compartido la vida, combaten de los veinte a los treinta años para rehacer el mundo. Hasta los cuarenta, se baten por sus sueños y por esa idea que de sí mismo se han inventado. Después, si no han dejado la piel en la batalla, se resignan a vivir como todo el mundo –a vivir mal, porque no cobran ningún retiro- y mueren en su lecho de una congestión o de una cirrosis hepática. El dinero nunca les interesa, la gloria rara vez, y se preocupan muy poco de la opinión que merecen a sus contemporáneos. En esto es en lo que se distinguen de los demás hombres”.

Jean Lartéguy 

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Hoy: ¡Viva la guerra!

"Yo fui el hombre,
yo estuve allí".
Walt Whitman.


Cuando el negocio es la carroña, una guerra es un festín.
Desde el Mundial 78 los grandes medios argentinos no habían vuelto a facturar como lo harían en los días de Malvinas. Duplicaron y hasta triplicaron las ventas. Y duró más que un mundial.
Lo recuerdo perfectamente, puedo decir como Whitman: “Yo fui el hombre, yo estuve allí”. Entonces tenía la edad para ser un soldado, pero tuve la suerte de ser un corresponsal de guerra.
El 2 de abril de 1982 yo era un auténtico novato, no llevaba ni dos años en el oficio, estaba en Somos, la revista que Editorial Atlántida había inventado para apoyar el proceso en general, y el plan económico de Martínez de Hoz en especial. Ustedes se preguntarán: ¿no conseguiste nada mejor para empezar? No. Ese era el mejor lugar para empezar. Una de las empresas periodísticas más grandes de Sudamérica. Más allá del contenido (que se decidía en otro planeta del que yo habitaba por entonces), trabajábamos con los mismos recursos de los mejores medios del mundo. Y además, por aquellos días, todos los medios eran oficialistas excepto los que no existían. A lo sumo, alguno se oponía a cierto sector de las fuerzas armadas, pero amparado por otro. Y mucho más cuando empezó la guerra, que es lo que importa aquí.  
Importa que había estallado una guerra, y que yo estaba allí. Con la edad para ser un soldado, y la oportunidad de ser un corresponsal... ¿O qué otra cosa puede querer un chico saludable que recién empieza en el periodismo y despierta con una guerra a mano, sino ser corresponsal de guerra, eh?...
Era viernes. Temprano rompieron las marchas militares y los primeros comunicados que nadie podía entender porque nadie podía creer. El cielo estaba cubierto de nubes. Un gran desconcierto reemplazaba al sol. Dos días antes la CGT había organizado el primer paro con movilización desde el comienzo de la dictadura, y la marcha masiva y la represión ya inocultable, abrían las primeras fisuras públicas en el proceso. Yo había estado allí, también, ese día, entrel os gases y los palos, más bien. Yo era el cronista. Primera línea, carne de cañón.  
Pero de pronto dos días después los balcones se llenaban de banderas y el primer desconcierto ya se resolvía en festejo. ¡Las Malvinas ahora sí eran Argentinas!.
Me río porque en la redacción el desconcierto seguía. No veían venir lo que venía. Años de periodismo oficialista habían anquilosado todos los reflejos. Ni bien llegué esa mañana, me rebotaron para la Plaza de Mayo sin pasaje de vuelta ni órdenes precisas. No sabían qué hacer. 
En la plaza empezaba a juntarse la gente y allí me lo encuentro ya a Miguel Wyñazki -testigo presencial de lo que cuento-, camarada en la misma trinchera de la mesa de cronistas de Somos, carne de cañón él también, primera línea, y como tales. allí ya estábamos los dos, exáctamente bajo del balcón al cual en un rato se asomará Galtieri a guapear aquello de “Si quieren venir que vengan…". Borges diría: un coraje borracho…
Las multitudes seguían llegando y antes del mediodía y ya llenaban la Plaza. Y todos estábamos de acuerdo por primera vez. Las Malvinas son argentinas. Eso ni se discute. Negros y blancos, ricos y pobres, buenos y malos, bosteros y gallinas,  allí estaban todos... parafreaseando a Miguel Hernández: parecía la primera vez de la Argentina, la sola vez de su total imagen…
A partir de entonces los días se licuaron en sus horas, el pasado fue abolido de repente, y la gran tragedia de la guerra se desplegó en todo su delirio.
La cúpula de Somos, sin embargo, seguía todavía sin saber si dedicarle o no todo el número a Malvinas… Me río, sí, pero no eran los únicos: los principales diarios daban el tema en tapa, claro, pero adentro la vida quería seguir como si nada; se hablaba del mundial de España, que empezaba en julio, que debutaba Maradona, que no podìamos perder...
Pero la guerra se ríe de la vida. Antes de una semana ya no se hablaba de otra cosa, y allí partía yo, el viernes 9 de abril, rumbo a Ushuaia, Tierra del Fuego, con la mínima misión de hacer alguna nota de color, ver qué decía la gente, fotos de los hospitales con las cruces pintadas en los techos, y el lunes de vuelta a la redacción, que hacía falta tropa para correr al archivo, a la Plaza, o por ahí…
Pero la guerra es verdadero caos, y en el caos verdadero... todo es posible.
El sábado 10 de abril a las 9.21 de la mañana yo aterrizaba en Puerto Argentino, Islas Malvinas, a bordo de un Fokker F28 de la Armada, colado en un reducido y listado grupo de periodistas, un poco por astucia, un poco por petiso, un poco encubierto por la noche interminable de aquellas latitudes... pero más que nada camuflado en el despelote general que ya se notaba en todo.
No volví el lunes a Buenos Aires. Más bien. Aquél mismo sábado por la noche un avión militar me despachó con los otros periodistas de regreso a Río Grande. Nadie consiguió quedarse, pero allí estaban el informe y las fotos. Ni bien mis jefes supieron de la hazaña, me colgaron en Tierra del Fuego hasta el final... En rigor, volví pocos días antes de la rendición, el 10 de junio, así que también estaba allí cuando llegó el Papa, y después, el 14, cuando capituló Puerto Argentino y cayó Galtieri; y además recorrí de ida y vuelta por tierra todo el Frente Sur, y vi y viví un montón de otras cosas que no voy a contar aquí porque ya lo conté casi todo en una novela que publicaría muchos años después bajo el título Banderas en los balcones.(*)
Y además se supone que estas Memorias de un mercenario son relatos breves destinados a demostrar con hechos que la prensa comercial es un industria voraz como cualquiera, y mucho más perversa acaso... 
En esa novela cuento cómo funcionaban el tráfico de fotos y de información, la tabla de precios que llegaron a tener las imágenes con heridos, los bombardeos y los cadáveres en playa; lo mucho que rezaban muchos para que el conflicto no se acabara nunca porque nunca habían ganado tanto, los dueños, porque vendían, los periodistas, porque sumábamos viáticos y llovían colaboraciones hasta de Marte; y después la necesidad de exprimir la posguerra hasta su última gota de sangre para sostener de alguna forma la inercia de las ventas, al menos hasta que empezara el mundial. ¡Debutaba Maradona! ¡No podíamos perder!... Las banderas en los balcones, siguieron allí.
El público detrás de lo medios, lo medios detrás del público arengando al público alineados con el gobierno; el público por patriotismo, por ingenuidad o lo que fuera; el gobierno por delirium tremens; los medios, siempre, por dinero... pero todos estuvieron allí, yo también, por eso lo cuento, porque lo vi de cerca, de sur a norte, de principio a fin, por fuera y por dentro… y como hoy es 2 de abril y todo el mundo lo recuerda...  
...Aunque en el contexto de estas memorias acaso sólo importe eso: la inolvidable felicidad de todos aquellos editores -dueños y no-, cuando vender era tan facil, cuando la tipografía catástrofe te quedaba chica en serio, cuando la foto más pobre te daba una doble central, cuando las ideas para la tapa llovían del cielo como las bombas…
Por eso digo: si tu negocio es la carroña… ¡Viva la guerra!


(continuará...)


(*) Banberas en los balcones, Daniel Ares, Editorial de la Flor, Buenos Aires, 1994. En breve en edición digital.