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martes, 19 de abril de 2011

LA NACIÓN NOS AVIVA: SOMOS BOBOS.


Cada tanto y casi siempre involuntariamente, los principales diarios desnudan con impudicia la lógica profunda que los inspira.
Esta vez fue La Nación, que preclaro pretende avivarnos, mientras sin querer nos recuerda que somos todos estúpidos.


LOS PELOTUDOS DE SIEMPRE



En un típico caso de tiro por la culata, un artículo firmado por Raquel San Martín el domingo en La Nación, nos revela la lógica profunda del pensamiento que los inspira, según el cual, en rápida síntesis, el pueblo es idiota y se cree cualquier cosa.
Bajo el doble título: La batalla por el sentido común: ¿hacia una hegemonía kirchnerista?, no sólo anuncia el miedo que lo alienta, sino que ya desde el copete escupe su verdad:
“El debate atraviesa la discusión política: para algunos, el gobierno impulsa un intento programáticamente articulado, ya no de imponer su verdad sino de conquistar con ella a la opinión pública, planteándose en la mesa de cada día como el único alimento intelectual que vale la pena. En pleno año electoral, una pregunta clave: ¿podría esa influencia tener efecto sobre las urnas en octubre?
Más allá de lo retórica que resulta la pregunta de remate, de arranque queda claro que para La Nación resulta inconcebible la posibilidad de considerar la democracia como expresión de la voluntad popular, sino que, curiosamente, es más bien lo contrario: la democracia impone la voluntad popular.
No se trata de ninguna madurez en los argentinos, que tras años y décadas de fracaso sistemático, de crímenes, latrocinio, impericia y desidia, de pronto ante un gobierno que acierta más de lo que se equivoca, que hace lo que dice que hará, que logró el crecimiento del país y que muestra a cada paso sensibilidad social, y por lógica simple deciden apoyarlo, no, no es eso. No para La Nación.
Para La Nación el pueblo, la gente, nosotros, usted y yo, somos una especie de bobo grande al que le venden cualquier cosa.
En una rápida la enumeración, el artículo acumula una serie de razones que le darían la razón si se leyeran a las corridas, como propone su autora: “la exaltación de algunos personajes y acontecimientos de la historia argentina” (dice pero no dice cuáles, porque también se exalta a San Martín –el general, no ella, más bien, ja- a Belgrano y otros próceres, aunque no a Mitre ni Roca, claro), “la división del mundo en nosotros y ellos” (¿el mundo, Raquel?),  “la narrativa militante de los años 70” (ahí nos superó, lo admitimos, no entendemos a qué se refiere), “la elevación de Néstor Kirchner al panteón de los héroes” (¿y dónde queda el panteón de los héroes?), “la circulación de ideas en medios, redes sociales y blogs oficialistas” (¿lo dirá por nosotros?), “la ubicua letra K” (¿Cristina y sus hijos deberían cambiarse el apellido?... ¿Alicia también?), y al cabo de cuestionar tales “hechos”, concluye así nomás que todas estas cosas: “serían herramientas de una ingeniería política dedicada a alcanzar una hegemonía política que alimente los discursos y las ideas privadas”.
Es claro: los pueblos no eligen a sus gobernantes, sino que los gobernantes eligen a sus pueblos, y se los llevan. La gente no se expresa en las urnas, allí apenas cumple el mandato que le dan desde arriba.
Y nadie se da cuenta, sólo ellos, La Nación y sus destacados columnistas que así avanzan con su faro de la verdad entre las tinieblas de la ignorancia del vulgo, que venimos a ser nosotros, la masa, el montón, ese ganado arreado, ora por unos, ora por otros…  
¡El Flautista de Hamelin nos gobierna, carajos!
En despachos herméticos seres oscuros manipulan el cerebro de cada uno de nosotros.
Son cuatro o cinco tipos, no más, que nos manejan, elaboran nuestros pensamientos, luego dicen apenas “pasála”, y nosotros, bobos, “la pasamos”. Idiota por idiota hasta el idiota final.
Cristina le dice a Aníbal, Aníbal le dice a Víctor Hugo Morales, Víctor Hugo a Florencia Peña, Florencia Peña a Pablo Echarry, Echarry a Dolina, Dolina a Santaolalla, Santaolalla al Indio Solarí...
Nadie piensa, sólo ellos, y como vemos, ya no es preciso ocultarlo, total… total ya ni pensamos...
No  hay sorpresa, qué va.
Hace poco tan luego lo gritó por todas partes su columnista estrella, Mario Vargas Llosa, quien le explicó al mundo que “hace 40 años (sic) que los argentinos se equivocan en las urnas”. En síntesis: somos idiotas.
Por supuesto al artículo de San Martín no le faltan voces que le den la razón, (y si faltan se inventan, eso no es obstáculo para un buen periodista industrial). Sin embargo en un momento, la nota cita un pasaje de otra de Beatríz Sarlo, a propósito de la cumbia Nunca menos, que suena durante las transmisiones de Fútbol para todos; y abre comillas y dice la Sarlo: “Tengo, por primera vez, la sensación de que así se expresa una hegemonía cultural, una trama donde se entrecruzan política, cultura, tradiciones, costumbres y estilos”.
La cita en sí no conlleva crítica ninguna, pero en el contexto de la nota de San Martín, queda claro que la expresión “hegemonía cultural” viene cargada de reproches. Por supuesto se ignora la positiva posibilidad de que dicha hegemonía signifique, acaso como consagración de los festejos del Bicentenario, que por fin los argentinos se encuentran consigo mismos, se aceptan, y marchan. Así de simple.
En esa marcha deciden que este modelo los favorece, y lo apoyan. Les place la mujer que lo conduce, porque acaso esa mujer los interpreta, y la defienden.  Así de simple, y de magnífico.
Pero La Nación -ya no sus empleados, ni sus estrellas, ni siquiera sus dueños-, La Nación es más que un diario, incluso más que un holding, es antes una fuerza secular, una visión de la Argentina, la expresión de un pensamiento, de una lógica profunda cuya regla de oro es esa: la gente en general es idiota, ignorante o ambas cosas, excepto cuatro vivos que se quieren quedar con todo, algunos iluminados que trabajamos aquí, y por supuesto, nuestros lectores más conspicuos.  
Fuera de eso, para La Nación, no hay más. Ni aciertos del gobierno, ni un país que se recupera, ni un pueblo que se despierta y es, ni un pasado que los delata. (*).

El Flautista de Hamelin, y nosotros las ratas.



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