////// Año VIIIº /// Editor Anónimo: Daniel Ares /// "Y tú... ¿eres arquitecto, o escombros?", Louis Ferdinand Céline ///

sábado, 5 de febrero de 2011

BRULOTES BRUTALES. HOY: LUIS MAJUL

De la nada al oprobio...




MEMORIAS DE UN INVERTEBRADO





Con su prosa nunca siquiera correcta, pero últimamente ya demasiado apurada, como abandonada a su suerte, leìmos el jueves una columna de Luis Majul en La Nación.com, a partir de la cual, advertimos no sin asombro, Majul abandona de una vez por todas el periodismo –que ya lo había abandonado a él mucho antes, dicho sea de paso-, y se lanza de cabeza a la práctica de la profecía, género incierto, asaz riesgoso, pero qué va… Dijera el buen Scalibrini: “son tiempos de biblias, no de orfebrerías”.
Admitimos sin embargo que hace rato Majul se merecía ya su brulote brutal correspondiente; cada vez que rifábamos un martiyazo, nos parecía verlo allí, con su carita ansiosa, agitando en lo alto un talonario entero… pero nos resistíamos a pegárselo  porque El Martiyo también tiene un corazón, y recuerda a Majul de sus días de plomo del periodismo industrial, cuando nosotros también éramos mercenarios a sueldo de ejércitos lustrosos, aguerridos profesionales, jóvenes oficiales ambos muy promisorios...
Nos conocimos en la Editorial Atlántida, en los inicios de los años noventa, cuando Majul (con Alfredo Leuco y Jorge Fenández Díaz entre otros), trataban de salvar como podían los vestigios de la revista Somos, y allí entonces, a las ordenes de Aníbal Vigil, su dueño, le hacían el aguante a Menem, que acababa de entregarles Telefé... (a los Vigil, no a los muchachos, claro está).
Y nobleza obliga, el Turco no ha cambiado, hay que decirlo: el pelo igual (sin tintura, bueno), pero él así, como lo vemos ahora, muy laborioso, nunca brillante, astuto aunque torpe, acelerado y condescendiente, con proyectos laterales siempre a mano, y ya entonces muy resuelto a destacarse o enriquecerse –o mejor ambas cosas a la vez-...
Por aquellos días acababa de publicar, recuerdo, Los dueños de la Argentina, un libro que no sólo le permitió acercarse a las figuras más ricas del país, sino también, de paso, acaso, venderles sus propios secretos, por qué no, emprendedor y empresario como ha sido siempre…
Ejemplo de constancia, tenacidad y entrega, sin talento, sin formación, sin inteligencia que lo destaque siquiera entre sus pares, le dio duro con un palo y duro hasta que al fin logró hacer  de su nombre una marca, y aunque le hubiese gustado adquirir también prestigio, nunca paró de facturar, eso también hay que decirlo.
Falto de  calle, de carisma, de gracia y simpatía, insiste sin embargo en presentarse como todo lo contrario si lo invitan Petinatto o Mirtha, así como aparece adusto y solemne según el recipiente que lo contiene, en tanto en sus propios programas se pretende incisivo o aguerrido sólo porque habla abpurado, grita cuando pregunta, e interrumpe cuando le responden...  
Menos vivo que Tinelli, pero infinitamente más flexible que Verbitsky; supo mantener, por imperio del marketing, un difuso perfil opositor sin precisiones, relevancia ni hondura, mientras la iba de progresista apenas porque asiente sin parar cuando delira la Carrió.
Y con eso nada más la fue peleando.
Parecía fácil.
El tiempo pasaba, el dinero entraba... demasiado fácil, un dia se terminó y terminó como venía: mal. 
Porque sin olfato siquiera para un incendio vecino, Majul siguió de largo cuando las cosas cambiaron, y un día de golpe despertó a la derecha de Mariano Grondona, abrazado con desesperación –y tarde, muy demasiado tarde-, al desastroso Lanata, que ya se hundía como el Titanic contra el mismo iceberg...
El periodismo es una industria muy abierta, donde se puede ser operario, capataz, gerente, incluso ejecutivo, pero también producto.
Se trata sólo de labrarse un nombre con su perfil –y credibilidad- correspondientes; y sobre todo, claro, hacerse de un público propio, "cautivo" -como bien se le llama-, para luego sí venderle el combo completo al mejor postor: perfil, nombre, credibilidad y público en una sola cajita feliz, sin necesidad de montar un diario o inventar una emisora.  El hombre es el producto.
Y así como Lanata tuvo su nombre, su perfil y su público de izquierdas -que tan pingües réditos le dieran  durante el menemismo-; así también Majul se hizo de un nombre y un perfil con mucho esfuerzo y tan poca suerte, que al cabo sólo pudo vendérselo a la derecha hoy más acorralada, pero venderlo al fin. No era lo que soñaba, seguramente no. Pero tampoco lo que temía. El periodismo le sobró siempre por todos lados.
Sin condiciones para el análisis, sin tiempo para lecturas (desde chiquito), con un vocabulario seco  que tememos se marchita con los años; Majul, quien antes abandonara el periodismo por la difusión y promoción política de los sectores que lo emplean, ahora, sin ningún pudor ya, jugado por jugado, vestido apenas con los harapos de una credibilidad que nunca tuvo, se lanza de cabeza a la compleja práctica de la profecía simple...
Allí lo tenemos en La Nación.com, el jueves, anunciándonos preclaro quién será el próximo presidente de los argentinos en una seguidilla veloz y feroz de afirmaciones aparentemente indiscutibles, basadas sin embargo en fuentes imprecisas del todo discutibles.
Bajo el intrépido título llano y total de “Quién será el próximo presidente de los argentinos”, sin fijarse en gastos ni privarse de nada -porque nada tiene ya para gastar-. Majul arranca así:
“La presidenta Cristina Kirchner ganaría la primera vuelta, pero perdería la segunda. El próximo presidente podría ser Mauricio Macri, con el apoyo de Francisco de Narváez y Eduardo Duhalde, porque hay un principio de acuerdo para concretar una sociedad política. Daniel Scioli iría por la reelección en la provincia porque no se atrevería a romper con la viuda. Ricardo Alfonsín triunfaría en la interna frente a Ernesto Sanz, pero terminaría tercero en la general porque expresaría una versión más honesta del kirchnerismo…”
En ese tono y esa línea –ya carcomido todo su coraje por los parásitos de sus propios potenciales-, Majul dispone un escenario político a simple vista desopilante, pero de hecho cumple con instalarlo como una posibilidad real en el imaginario de su público al menos, y de esta forma él, señoras y señores,  factura y factura sin parar. 
Luego sí, ya arrebatado el lector frente la capacidad visionaria del autor, el autor enumera -por supuesto sin nombrarlas (ni avergonzarse)-, las oscuras fuentes de su clarividencia.
Y nos confiesa entonces:
“Estas son algunas de las conclusiones parciales sobre las próximas elecciones presidenciales de octubre obtenidas en enero, después de hablar, entre la arena y el cemento, con diversas fuentes: dos ministros que apoyan la candidatura de la Presidenta, un funcionario cercano al gobernador Scioli, un radical que trabaja para Alfonsín y otro para Sanz, personas muy cercana a Macri, De Narváez y Duhalde y dos encuestadores que no trabajan para el gobierno”.
Más allá de que la certeza del título queda aquì reducida a sólo algunas conclusiones parciales; las fuentes tampoco resultan ser de una contundencia que amerite la bravura inicial... Panorámicas –por no decir etéreas-, a excepción de los dos supuestos ministros que apoyarían la candidatura de la presidenta, el resto suena más bien a cadena de chismes del tipo el amigo de un primo que tiene un hermano que trabaja de chofer para el sobrino de, me dijo que
"De la playa al cemento", es decir, de algún balneario de la costa a la Capital, sin recorrer el país, entre vecinos de carpa y el pescado podrido de todos los días, sin basarse en ninguna batería de encuestas, ni en una sola siquiera, a más de ocho meses aún de las elecciones, y apenas porque charló con un par de charlatanes, Majul nos simplifica el provenir así nomás...
Pero está bien, las fuentes son las fuentes, y como tales secretas, y por lo tanto Majul puede decir cualquier cosa que le diga cualquiera, o adivinarlo todo aunque no adivine nada. Mientras La Nación se lo publique, y él facture, la ley los protege a los dos, así como a la vez no protege a sus lectores.
Por las dudas, astuto como es -así, medio torpe-, hacia el final se cubre y renuncia a la victoria pero se asegura el empate jugándole a los 36 números, y nos dice entonces con su prosa ya más que apurada, a las corridas:
"Igual, en la Argentina, ocho meses equivalen a una vida. Y puede pasar de todo, desde que la presidenta no se presente por razones personales o porque tema perder la elección hasta que un imponderable como la muerte de un militante termine por colocar todo patas para arriba".  
“Invertebrado moral”, lo bautizó públicamente para las cámaras de la historia el buen Víctor Hugo Morales cuando el buen turquito lo invitó para que hable tan luego en el oportunísimo lanzamiento de otro de sus tantos productos de ocasión…
Invertebrado moral.
No, seguramente no era lo que él esperaba.
Pero igual supo ganárselo, hay que decirlo.