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jueves, 31 de marzo de 2011

EL MARTIYO RECUERDA A RAÚL ALFONSÍN: EL HOMBRE Y SUS DÍAS...


El 31 de marzo de 2008 moría Raúl Alfonsín y este blog se hacía en la comunidad de Clarín bajo el nombre El Martillo. Entonces lo recordamos con todo respeto y sin ninguna hipocresía, en un post que aquí reponemos porque también esto censuró Clarín -hoy adalid de la libre expresión-, y porque seguimos sin más nada que agregar al respecto.
Toda muerte es triste, pero ninguna mejora a nadie.


LA PATRIA DECLAMADA

El Martiyo estaba ahí...


Murió Alfonsín.
Todos habremos de pasar por eso un día, y él ya lo hizo.
“Lloras la muerte de tu padre, y olvidas que tu padre ha llorado la muerte del suyo”, dice el príncipe Hamlet, y les decimos nosotros, desde aquì, a sus hijos, y a toda su familia y sus amigos y seguidores.
El Martillo estaba allí aquél 10 diciembre de 1983, bajo el balcón del Cabildo a donde el flamante presidente de la flamante democracia -para distinguirse del balcón de Perón y de sus brazos en alto-, saldría a saludar con las manos unidas junto a una de sus mejillas, inaugurando así cien años de esplendor que no iban a durar ni seis… Yo estaba allí.
Había estado tambien durante la campaña en los actos de Ferro y de Tigre, y en el cierre en la Nueve de Julio… había seguido su campaña, y no por mi gusto: yo votaría al peronismo de Luder, pero era cronista y cumplía mis ordenes.
Entonces los radicales soñaban una vez más con no gobernar, con retozar chillando en una oposición feroz, que era lo que mejor les salía… hasta golpear los cuarteles si todo se complicba…
Pero Herminio Iglesias le prendió fuego en público a un ataud con la sigla UCR, y la victoria se les fue encima.
Y tuvieron que gobernar.
Para quien no los haya vivido, fueron años difíciles, convulsos, finalmente desastrozos...
Hay que decir en defensa de Alfonsín que el grueso de la gente que lo votó, 24 horas depués ya lo había abandonado. Una clase media ilustrada y extendida, temerosa del peronismo, de sus bombos y sus negros, le dio su votó, vio perder al Justicialismo, y a la mañana siguiente, chau. Se sentó a esperar. Pronto a exigir.
Y si a ello se suma que no esperaban ni querían ganar, que no tenían para asumir ni cuadros ni planes ni proyectos, bueno… se entiende que entonces la improvisación, la incoherencia, y al cabo el desorden total, ocuparan esos vacíos.
A poco de andar ya se decía una cosa, y se hacía otra, o en el mejor de los casos, se decía cualquier cosa, y no se hacía nada…
Se propagaba la libertad de prensa, pero el gobierno se había quedado con todos los canales, varias radios, y pronto financió diarios y revistas partidarios con fondos del Estado… Se juzgaba públicamente a los militares de la dictadura, pero en privado se acordaban las leyes de obediencia debida y punto final… Se agitaban las banderas de la soberanía política y de independencia económica, pero las estructuras del poder extranjero que habían puesto y sacado a los militares, seguían intactas; se cachondeaba con la izquierda, pero se copulaba con la derecha… En fin, pronto hubo dos patrias: una real, y la otra declamada. Alfonsín y su gobieno habitaban la última, y todos los demás la otra. Hasta que un día las dos patrias colisionaron. Era de esperar.
Pero bueno, no es hora de hacer revisionismo… quienes lo vivieron podrán evocarlo en rápidos flashes lamentables: el plan austral, aquella semana santa y su tristísimo “felices pascuas”; la mano de obra desocupada y los secuestros inexplicables y nunca resueltos, la “patota cultural” que dominaba los medios; las listas negras, que pronto rodaron por esos mismos medios (cuando se era alfonsinista o se era fascista, golpista y represor, sin estaciones intermedias); y La Tablada con todos sus muertos; y el pacto de Olivos para que Menem no se fuera nunca; y la hiperinflación y los saqueos del final, y el final antes del fin, al mejor estilo de los radicales de siempre, desde el último Hirigoyen al siguiente  De La rua, pasando por Alvaer, Illía y Alfonsín… Bah, quienes recuerdan esos días no precisan que aquì se los recuerden, y quienes no los recuerdan… habrán de repetirlos, seguramente…
Este cronista acompañó a Raúl Alfonsín -invitado por la presidencia pero representando un medio privado-, en su gira de 1985 por los países de la ex Yugoslavia, Alemania y Francia. En los diarios de la época, están esos hechos.
Pero por detrás de aquellos titulares, me demoro mejor en ese hombre que me tocó tratar, ese abogado de Chascomues, amable, calmo, cálido incluso, resignado al poder, más que signado para él… En cada escala, a punto de partir, el presidente Alfonsín recorría el avión saludando al pasaje uno por uno, y por supuesto a la prensa.
Cuando despegamos de Belgrado rumbo a Bônn, recuerdo, al saludarnos, alguno de los nuestros le devolvió la pregunta:
– Nosotros bien, doctor, ¿y usted?…
– Y… aquí me ven, m’hijo… a mi me dan cuerda y ando…
Y todos nos reímos como si fuera un chiste.
Ayer murió ese hombre.
Y todas las muertes son tristes.
El Martillo saluda a la familia del expresidente, a sus amigos, correligionarios y admiradores. Les dejamos aquì nuestro sentido pésame, el dolor no tiene banderas.
Pero nadie es mejor porque se muere, la muerte no te limpia de la vida, y nosotros quisimos recordarlo tal y como de verdad lo recordábamos.
 

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