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domingo, 12 de diciembre de 2010

CATALUÑA: PROHIBIERON LAS CORRIDAS DE TOROS (pero los chorizos no)

 El que no mata te come...



MUERTE EN LA TASCA





"El toro sabe al fin de la corrida
cuando prueba su chorro repentino
que el sabor de la muerte es el de un vino
que el equilibrio impide de la vida"
Miguel Hernández



Los catalanes -siempre ellos más modernos que la mismísima moda- por fin consiguieron prohibir en toda su región las corridas de toros. Logro que los ubica sin dudas a la cabeza de los pueblos políticamente más correctos y más hipócritas del mundo. Alguien tenía que decirlo. (*)
Y antes de continuar preferimos subrayar con palabras, tres hechos que no son palabras:
Uno, El Martiyo ama indistintamente a todos los animales de la Tierra, desde los toros a los insectos, así como no consigue amar, indistintamente, a todos los seres humanos de la tierra -confesamos de paso nuestras limitaciones…
Así también, dos, reconocemos un antiguo y ya sincero cariño medio personal por Joan Manuel Serrat, suerte de amigo y compañero de nuestra primera juventud…
Y tres, frecuentamos y nos gusta la ciudad de Barcelona, donde tenemos grandes amigos, algunos, incluso, catalanes.  
Pero prohibir las corridas de toros es la mejor peor idea que tuvo este pueblo de orìgenes tan ricos y tradiciones tan amplias, que tanto les permiten sumarse a cada victoria de España, como bajarse de sus derrotas; digámoslo también... La copa del mundo, por ejemplo, le vino fenómeno. Compartir sus excedentes con las regiones menos desarrollasdas de España, en cambio, no tanto.
Y nos metemos con el tema porque sabemos por experiencia propia que no hace falta ser español, ni siquiera vivir en España, para aficionarse a la paella, a los versos de Miguel Hernández, o a los toros.
El Martillo aprecia dicha fiesta que como tal no excluye la música, ni su concurrencia engalanada, ni un gran despliegue escenográfico, ni  un vestuario literalmente espléndido, coronado todo por las dos supremas emociones de la vida: la gloria y la muerte en cada movimiento, en cada paso, en el más mínimo traspié…


El toro, indefenso y frágil, es embestido por el hombre bestial
¡armado para colmo de una frazada!




Trágica tradición de flores y de furia, exige de sus artistas no menos destreza que coraje, y es a la vez la fiesta que enciende y culmina la verbena en cada pueblo, en cada santo, por toda España, desde hace siglos, a las cinco en sangre de la tarde...
No se trata de un espectáculo circense, deportivo o meramente artístico, puede, incluso,  parecer a simple vista un rito pagano, si se quiere bárbaro, si… pero es más bien el hombre, por una vez en la vida,  resolviendo la muerte con belleza, pleno de gracia hasta el final, sin que le tiemblen las manos en su estocada última…
Allí por fin se encuentran el toro y su torero, los dos con su destino. Porque eso es lo que son. El torero es un torero, y el toro un toro de lidia, no un gordo come-pasto-mira-trenes reproductor de estancia, no nos confundamos.
Un toro de lidia es un toro que nació para lidiar, y lo que hace cuando no lo mandan al ruedo, es exactamente eso: rodar hasta que lidia. Es su naturaleza. Su suerte.
El toro de lidia, el toro bravo, el popular y auténtico “toro salvaje”, es considerado el único descendiente vivo directo del uro, padre primero de todos los bovinos, y por ello el toro bravo se distingue de su obesa y comestible familia actual: por la bravura de su temperamento, por sus atávicos instintos de ataque y defensa, por su sentido territorial, y por dos de sus exclusivos atributos físicos: unas filosas astas apuntadas hacia adelante, y un poderoso aparato locomotor como el de esas locomotoras que tanto contemplan sus parientes mientras pastan.
Es cierto que también hay criaderos de toros de lidia, y que todos los toros que hoy lidian en las plazas del mundo, son toros de criadero, sí... Como lo son también todos los toros y las vacas y sus correspondientes terneros destinados a la mesa familiar, al calzado de la dama, o al portafolios del caballero…
Y sin embargo no creemos -sinceramente no lo creemos-, que así, con la misma soltura con que los catalanes se desprendieron de una fiesta que es espíritu del pueblo español, de su raza y de sus artes, se desprendan también, tan rápidamente, de todos sus zapados, de sus cinturones, de las camperas de cuero que se llevan de a miles cada vez que pasan por la calle Florida, ¡de los pares de botas como para uniformar ejércitos enteros!, de los bifes de chorizo por los que cruzan el Atlántico, de los mil chorizos de sus benditas tiendas de chorizos, de las hamburguesas de todos sus McDonalds, de los pantalones de todos sus roqueros… ¿O acaso este pueblo -de tradiciones tan enmarañadas- pretende que todos los animales con los que se hacen todas esas cosas se inmolan voluntariamente y tan sólo por el bien de los humanos, por su sólo solaz, su buen vestir, y su mejor comer?...  ¿Eh?... ¿Eso se creen?... que hablamos de vacas y de toros y terneros nacidos con vocación de mocasín, de chuleta, de valija?... Que en los frigoríficos de todo el mundo cada mañana los espera al llegar un buen pastor que los persuade de un digno suicidio en masa en pos de una humanidad con más colesterol, menos callos plantales, más billeteras?... ¿Estamos locos?



Chochos lejos de los ruedos, estos toritos quedaron dados vuelta.
(La sangre derramada será lavada... no como la arena, que absorbe todo)


Mientras se coma cualquier tipo de carne, mientras no se usen calzados hechos sólo de yute o de goma, mientras un solo animal sea sacrificado en un solo frigorífico, pretender que las corridas de toros son una barbarie, resulta por lo menos eso: pretencioso. Un clisé. Una pose. Una gilipollada, bah. Un lugar común de esos que tanto distingue a la gente vulgar.
Pero hablar es fácil, cómo no. Talk is cheap, dicen los ingleses. Hablar es barato, sí.
Ahora nos gustaría ver cuándo los catalanes abolirán de una vez para siempre todas sus formas de carnicerías, sus mataderos, sus tapicerías, y hasta el último de sus artesanos que ose labrar una pulserita de cuero. Talk is cheap.


Irreconocibles,  estos toritos alzan sus brazos agradecidos
en pleno festejo por la moderna medida.


El Martiyo guarda como una piedra preciosa la anécdota  que una noche de octubre de 1985, le narrara en el Café Gijón de Madrid el gran pintor gallego Laxeiro, hombre entonces de 80 años, aún invencible bohemio y amigo en su juventud de Federico García Lorca, de Vicente Aleixandre, de Juan Gris y de Picasso, y de otros poetas y otros pintores, de actores, bailarinas y  toreros... Tanto era así que una noche un amigo actor, le pidió le presentara a otro amigo,  a la sazón, éste, torero.
Convenido el encuentro, el torero -un hombre simple, de pocas palabras-, aceptó asistir a dos funciones del actor, que entonces representaba Hamlet en un teatro de Madrid, cuyo nombre también olvidamos eclipsados por la sustancia de la anécdota.
Al cabo por fin de ambas funciones, los tres fueron a cenar, y ya de sobremesa, ya más exultante, el actor, sin mengua del coraje del introvertido torero, quiso dejar en claro que más allá de su afición, él consideraba las corridas exactamente un salvajismo, y allí dale que dale, le entró a dar con lo mismo; hasta que al fin el torero, que lo oía en silencio, en un momento se hartó, contaba Laxeiro, golpeó la mesa con un puño, y sin gritar le dijo:
-- Bueno basta, hombre... que al menos en lo mío se muere en serio, no como en lo suyo, que esta noche le vi morir dos veces, y todavía está aquì, hablando lo que no sabe...
Talk is cheap.

 

Hablar es fácil. Esto ya no tanto.


*

(*) Este post fue publicado en El Martillo en julio de este año, cuando el parlamento catalán decidió la prohibidión. Lo reponemos, porque El Martillo fue cerrado por Clarín, y porque lo que decíamos entonces lo decimos todavía.