////// Año VIIIº /// Editor Anónimo: Daniel Ares /// "Y tú... ¿eres arquitecto, o escombros?", Louis Ferdinand Céline ///

miércoles, 1 de diciembre de 2010

PALABRAS DE AMOR. HOY: El Sexo o La Nada.

Hablemos de amor...

       EL SEXO O LA NADA




Lo que llamamos amor, el amor de pareja, es sexo, ninguna otra cosa. El sexo es la historia. La historia de la humanidad.
Vencidos, liquidados, sin esperanzas ya, agotados al cabo de un peregrinaje por todas las posibilidades del diccionario de la Real Academia (*), desistimos por fin de saber qué decimos cuando decimos amor, y nos postramos ante la pétrea verdad de tan tierna corteza: monos al fin, lo que llamaos amor, el amor de pareja, no es sino sexo…. Que una vez agotado acaso pueda fermentar en algún tipo de unión fundida por las mutuas carencias, no se descarta… pero eso es sexo también, vestigios, recuerdos o restos, pero sexo en origen.
Del sexo venimos y al sexo vamos, porque sexo somos.
Si no fuera por el sexo acaso Adán y Eva seguirían cómodamente sentados bajo un árbol sin bichos  en su insulso paraíso mirándose sin hablar, o hablando sin mucho entusiasmo del clima y del viento, de cómo cambia y se repite, del río que acaban de inaugurar allí a la vuelta, de las diversiones divinas y ajenas, mientras ellos así, eterna, intemporalmente a la espera mustia de cualquier mínima novedad. Y ni Caín ni Abel ni nada de nosotros hubiese sucedido todavía… 
Pero, pero… al descubrirse en sí mismos un entretenimiento suficiente ¡y gratuito!, la historia se echó a rodar, y aquí vamos todavía...
Nunca hizo falta otra cosa. Sexo, sólo sexo. Tal la chispa que nos basta.
Desde entonces los seres humanos exprimieron sus mejores cerebros en busca de las más grandilocuentes explicaciones a la evolución, al progreso, a sus masacres y sus guerras, cuando la única sincera, simple y preocupante razón, sigue siendo siempre la misma: el sexo. No somos mucho más.
Alejandro de Macedonia hasta la India envuelto en su magnífica orgía bizantina como en su propio huracán…
Perón en Martín García, preso, harto, cincuentón, pensando ya en el retiro, y Evita que lo enciende y lo dispara…
¡Cleopatra!, su sólo nombre, y todo el Mediterráneo temblando bajo sus besos…
Pero acaso uno de los ejemplos mejores de tan temerario enunciado, esté en los hechos que narra la novela que El Martillo regalaba en un blog homónicmo, y que Clarín también destruyó, pero que aquí, ya, prometomos reponer en un nuevo blog.- La novela se titula: Josefina, atrapada por la pasión.
Vale aquí, a manera de anticipo, un poquito de autobombo.



Napoleón corona a Josefina emperatriz de Francia.
Algo más que un 0Km y un monoambiente en Palermo.


En 1799 Napoleón Bonaparte era un generalito de 24 años, sin otra casa ni más ropa que la que el ejército le proveía.
Josefina de Beauharnais, en cambio, tenía ya 36 años y era una ardiente criolla que había salvado su cabeza durante los días del Terror (no así la de su marido), a cambio de favores sexuales, y así también se había convertido entonces en carísima cortesana, propiedad de Paul Barrás, integrante del directorio que por entonces desgobernaba Francia, y a la sazón padrino político de aquél generalito, que tal cual el propio Barrás le avisó a Josefina; “no tenía más que su espada y su capa”.
Josefina ya era viuda, tenía dos hijos, y ninguna renta. Buscaba otra cosa, pero Napoleón se obsesionó con ella, y enceguecido por el ardor, cual príncipe valiente, le aseguró que él llegaría muy lejos con esa su capa y esa su espada.
Barrás creyó que así, a través de Josefina, manejaría mejor al impetuoso generalito, y autorizó el casamiento. Pero inmediatamente, para sacárselo de encima, le encajó los vestigios del ejército francés que desde hacía un par de años agonizaba en el norte de Italia, vencido, mal pago, en harapos… era un fracaso seguro.
Napoleón marchó a la guerra, y ella se quedó en París y se buscó otro amante. Pero él, allá, en Italia, lo supo. Y encendido de ira, con aquél ejército vencido, recuperó en pocas semanas toda la península de Italia. Luego volvió a Francia para hacerse del poder y mandar a fusilar al amante de su esposa como haría cualquier macho normal sanamente enfurecido por el orgullo mancillado porque otro macho osó tocar la hembra que de macho hizo suya…Así nació el imperio napoleónico.
Y así se hace la historia en todo el reino animal: impulsados sus mayores movimientos por ardores íntimos, naturales, irracionales, atávicos…  residuos bestiales de lo que siempre seremos… 
Después a todo eso le llamaremos, pretenciosos –o asustados-, amor, pasión, ambición,  evolución, orden y progreso, igualdad, fraternidad y libertad; tercera coalición, cuarta y quinta, imperio británico, español o romano, o como quieran llamarle a esa fuerza que detona la vida y que es siempre la misma.
Esa fuerza por la cual fuimos capaces, incluso, de abjurar del paraíso. Mirá qué detalle.

                Dios perdona siempre, el hombre perdona a veces,
 la naturaleza no perdona nunca.