////// Año IXº /// Editor Anónimo: Daniel Ares /// "Y tú... ¿eres arquitecto, o escombros?", Louis Ferdinand Céline ///

viernes, 12 de noviembre de 2010

"MEMORIAS DE UN MERCENARIO", el inicio. Hoy: "Welcome to hell"



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El periodismo es un negocio de extorsión, la prensa libre no existe, y estamos todos rodeados”; fue dicho en el post del 10/11, Una puta inmaculada, que sirve de introducción a esta sección, y donde a la vez anunciábamos estos rápidos relatos destinados a refrendar con hechos las palabras, porque una buena historia vale más que mil imágenes. El autor se retiró del periodismo, no arrepentido, pero si asqueado, al cabo de 25 años de oficio. De su experiencia, estos recuerdos.



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El Martillo Producciones presenta…


"Memorias de un mercenario"
 




“Los mercenarios que he tratado, y con quienes a veces he compartido la vida, combaten de los veinte a los treinta años para rehacer el mundo. Hasta los cuarenta, se baten por sus sueños y por esa idea que de sí mismo se han inventado.
Después, si no han dejado la piel en la batalla, se resignan a vivir como todo el mundo –a vivir mal, porque no cobran ningún retiro- y mueren en su lecho de una congestión o de una cirrosis hepática. El dinero nunca les interesa, la gloria rara vez, y se preocupan muy poco de la opinión que merecen a sus contemporáneos. En esto es en lo que se distinguen de los demás hombres”.

Jean Lartéguy

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Hoy: Welcome to hell


Que el periodismo es un negocio basado en la extorsión, lo aprendí en seguida, cuando recién empezaba en el profesionalismo, es decir, en el oficio del negocio del "periodismo industrial".
Hasta entonces me había debatido con mucha vocación y poca suerte entre emprendimientos under, o colaboraciones imperceptibles y miserables en forma de informes tan aburridos, y tan mal pagos, que sólo yo, creo, podía aceptarlos...
Pero ya no. Ahora había conseguido un hueco en un buque de verdad, un hueco en el que no hubiese cabido una ameba, quizás, pero yo era menos que una ameba en esa revista tan importante que hasta anunciaba sus lanzamientos por televisión y se vendía en todo el país. Se llamaba "Somos", ya no existe, la producía la Editorial Atlántida.
1980 se terminaba y allí estaba yo, todo un debutante, ni siquiera un cronista, apenas un aspirante a que ansiaba trabajar, y quería aprender. Y allí logré, nobleza obliga, las dos cosas. Trabajé mucho, y aprendí mucho.
Y una de las primeras cosas que aprendí, fue justamente que el periodismo es un negocio basado en la extorsión.
A poco de empezar allí, me reclutaron un día para la investigación de la próxima nota de tapa, el “informe especial” de Somos: ¿Por qué son tan caros los remedios?
Mi participación sería desde luego mínima, minúscula, pero la causa parecía una gran causa. ¿Por qué son tan caros los remedios, eh?... En plena dictadura, la pregunta sonaba atrevida, rebelde, incluso reivindicatoria…
A  mi me tocó entrevistar a unos cuantos gerentes de grandes laboratorios –exranjeros, claro (la industria nacional ya no existía)- que sin titubear me darían por supuesto sus muchas y sólidas razones para cobrar tan caros sus productos.
Allí estaba entonces yo con mi grabador y uno de ellos (cuyo nombre omito por olvido, no por piedad), cuando el hombre, suelto y relajado ante el cronista novato, incurre en una infidencia escalofriante.
Entre las razones que justificaban el alto precio de sus remedios, me explicó, estaban, por ejemplo, los altos costos de la producción de esos remedios.
-- Piense que una droga lleva mucho tiempo de elaboración, de  investigación… sin contar que durante diez años o más, se la prueba en mercados pilotos…
-- ¿Qué serían “mercados pilotos”? –preguntó demasiado rápido el cronista demasiado joven, y el hombre, demasiado relajado, respondió demasiado.
-- Y, por ejemplo... –recuerdo que se frenó y me miró, y que por no decir Argentina, balbuceó: Bolivia…
Corrí a la redacción con mi grabador en llamas.
“Los grandes y monstruosos laboratorios multinacionales usan a los pueblos de Latinoamérica como conejillos de india”, imaginaba el título en cuerpo catástrofe…
Apenas comenzaba y allí tenía una primicia explosiva, una confesión de parte que justificaba por sí sola toda la investigación y su tapa.
Una vez en la redacción, les conté sin respirar a mis superiores del tesoro hallado.
Y mis superiores me escucharon muy entusiasmados y coincidieron conmigo en que el dato era un dato ciertamente explosivo. Acaso me palmearon el hombro y tal vez ese día por fin se aprendieron mi nombre.  Pero la nota no salió nunca. Aquella investigación y sus explosivas revelaciones, no explotaron jamás.
O sí.
Porque en las sucesivas ediciones de Somos, sin embargo, se multiplicaron repentinos  avisos de laboratorios, en página en impar, y en pliego color.
A mí se me rompió un poquito el corazón, pero a cambio aprendí tanto con aquella nota inútil, que no sólo comprendí enseguida la esencia del negocio y la dinámica de su industria, sino que allí me convertí de un saque en el “profesional” que hoy retirado, se permite estas memorias. A mí me expían, y a vos te avisan.

(continuará)

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